Sobre Allende, el suicidio y la cobardía

Decir que Allende se suicidó incomoda a unos y gratifica a otros. Incomoda a los izquierdistas ortodoxos, que mantienen tácitamente la posición cristiana de condena al suicidio. Gratifica a los asesinos que, como a católicos militantes, el hecho de que su víctima se haya suicidado los libera de culpas.

El comunismo ortodoxo, el de los socialismos reales (develado en su religiosidad y sus similitudes con el cristianismo en textos como El hombre rebelde de Camus), rechaza el suicidio como un acto de abandono y cobardía. Lo relaciona (tal como en la Biblia), con el miedo (Saúl), la locura (Ahitofel), el pecado (Zimri) y por sobre todo la traición (Judas Iscariote). Esto explica que Neruda, en Confieso que he vivido, creara su versión de un “asesinato físico” de Allende. Hoy hasta el propio Hugo Chávez asevera que Allende “habría sido asesinado [físicamente] en La Moneda”. Fidel -con quien se supone habla Chávez cuando viene a Chile, hace algunos años- le comentó sobre la posibilidad de que se hubiera suicidado honrosamente tal como él mismo pudiera haberlo hecho en la Sierra Maestra, cuandoadormía con el fusil entre las piernas.

El film Postmortem (2010) de Pablo Larraín juega con el mismo relato, y algunos periódicos alternativos de izquierda (El Ciudadano, por ejemplo) han barajado -esperanzados en su certeza- la hipótesis de un asesinato físico. Al contrario del suicidio, la idea de una muerte por asesinato físico lleva implícito el ideal castrense del honor, el cumplimiento desinteresado (estético y moral) del deber, la valentía y la aceptación del destino, y la predestinación divina (v. gr. el calvario de Jesús).

Del otro lado del espectro político están a quienes les es gratificante el suicidio de Allende. Este sentimiento lo produce un cristianismo asumido y militante, en el que se mezcla la idea fuerte de individuo, la predestinación y el merecimiento. El suicidio de Allende le da la razón a su enemigo, desde este punto de vista. Su cristianismo está fundado en la acción de un Dios abstracto y cruel, separado de la ekklesía, que castiga a quienes pecan y premia a sus mejores hijos. Es el Dios de Abraham, el del misterio y el amor a sí mismo, que articula el relato de un poder económico y político fundado en el merecimiento (y su contracara, el de la pobreza por flojera). El individualismo, donde el sujeto coincide palmo a palmo con el yo físico, les da la impunidad. Es el Dios burocrático, que los separa de la responsabilidad, que deja como asesinos a quienes aprietan el gatillo, y no a quienes dan la orden. Esta ideología se expresa en quienes afirman que “Pinochet [Thatcher o quien sea] no mató a nadie”. No caen en la cuenta de que, en una sociedad burocrática (en ambas esferas: pública y privada), se suele matar por omisión, o indirectamente (por teléfono o por medio de un memorandum). Esta es la base de la ética de la obediencia, en que la responsabilidad se difumina. En sociedades burocráticas “la organización -dice Zygmunt Bauman- en su conjunto es un instrumento para borrar toda responsabilidad”.

Pero las redes y cadenas de mando no sólo difuminan la responsabilidad sólida y la hace flotante, sino que además la fragmentan y distribuyen. Hay que decir, a pesar del pensamiento político cristiano implícito o explícito, que no hay inocencia. Hay grados de responsabilidad no lineales. La mayor intensidad de la responsabilidad puede estar en cualquier lugar de la red causal: rara vez descansa en el ejecutor físico. Por eso no importa que el propio Allende (ejecutor físico) haya disparado la bala que lo mató. Allende se suicidó, pero su suicidio fue una forma de asesinato político indirecto. Dicho de otra forma, Allende se suicidó, pero ya estaba muerto. Esto debería tomarse como certeza desde ahora en adelante. Decir que Allende se mató sin más es la forma cobarde que tiene el asesino de achacar la cobardía propia y no aceptar sus responsabilidades.

Para finalizar, no quiero parecer como quien rescata “la memoria del compañero Allende”. He ocupado este tema y esta fecha como pretexto. No quiero ser parte de la resistencia, de la memoria por la memoria. Lo que digo lo digo porque creo que es un método molesto. Lo digo porque creo necesario razonar así. Decir, por analogía, que Sebastián Acevedo (1983) y Eduardo Miño (2001) en Chile son esencialmente asesinados, y que las muertes de Mohamed Bouazizi (2011), padre de la revuelta tunecina, del ciudadano griego (2012) ahogado en deudas que se inmola frente a un banco, del agricultor valenciano (2012) despedido en plena crisis, o del “indignado israelí” (2012) de hace dos meses, son también esencialmente asesinatos indirectos.

11 de septiembre de 2012

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