Filosofía como conquista de la palabra

La tarea intelectual vive puesta entre la espada y la pared por el “conocimiento práctico”. Es aquello que resulta mal visto por el resto de la sociedad: el trabajo improductivo, el no-trabajo. Tal como lo pensara Hume, la vivacidad de las impresiones es determinante al momento de asociar ideas; y dado que no hay nada sensible que un filósofo pueda mostrar como lo-hecho-por-su-esfuerzo a otro, no puede impresionar a nadie como productor. Sin producir no hay derecho a consumir lo producido. Todo su valor está en el ejercicio del logos, del verbo.

Sin embargo, el logos no es sólo una capacidad humana, sino que está sometido al desarrollo de su concepto instanciado entre relaciones sociales de personas, digamos, de carne y hueso. Si bien, existen ciertas posibilidades de especulación en el castellano dadas por los verbos ser y estar que escapan al verbo to be (como existen matices en alemán que no existen en castellano), también sucede que no es el mismo logos castellano aquel que se usa hoy en España, con el que usamos en América Latina, como tampoco este último es igual a sí mismo en su desarrollo: no es igual el logos de un esclavo negro en las cacaocracias coloniales, que el de un negro en las democracias caribeñas hoy. El desarrollo del logos se muestra así estrechamente ligado a la conquista de la palabra.

"Femme et chien devant la lune" de Joan MiróEl hecho de que la filosofía tenga la necesidad del plantearse en el discurso, lleva consigo dos cargas negativas: una determinada por la inmaterialidad de los resultados de su labor, el menosprecio; y otra determinada por la conflictividad de su esencia libre, la opresión. En éste sentido, contraponiéndolo a la analogía tradicional moderna, la influencia del logos parce compartir más en común con el comportamiento de los gases que con el de la luz: en la medida que se van ganando condiciones materiales, la filosofía tiende a conceptualizar nuevas regiones de lo real, al mismo tiempo que -como sucede con las estructuras cuando estallan-,  como dijera Hegel, cuando una revolución en el  pensamiento es radical la realidad no tiene otra posibilidad que ceder a ella[1]. Así vista, la filosofía como pensamiento en el límite es o molesta o peligrosa.

Pero además, la pedagogía le es consustancial: no puede haber conocimiento sin que éste se exprese ante lo otro; y en éste sentido, la filosofía, que ocupa como vehículo el lenguaje ―que como mostrara Wittgenstein no puede ser privado―, está obligada a preguntarse sobre qué dar a entender y cómo dar entender qué. Entonces, la filosofía se muestra análoga con el humano en su animalidad: la filosofía como el logos que se liberó a sí mismo en su desarrollo, necesita asegurar su reproducción futura. Entonces, enseña sus lecturas de anteriores opresiones que ha sufrido, como una vieja que relata historias a sus nietos. Es así que la tarea intelectual se vuelve una tarea libertaria por definición. ¿Cómo el viejo opresor puede no ser identificado y enfrentado por el pensamiento que ya tiene su concepto? ¿Cómo podría el opresor de antaño ser amigo de ésta filosofía? No hay punto en común. Así es que se determina un fenómeno similar al que Rodolfo Kusch llama “doble vectorialidad del pensar”[2]: dos clases de humanos se caracterizan por dos conjuntos de prácticas, las cuales en general no comparten formas de expresión práctica del pensamiento. El mundo empresarial, definido por mantener ciertas relaciones de explotación económica para su reproducción, tiende a no pensar de manera filosófica, así como el mundo de los oprimidos tiende a reflexionar de manera filosófica obligado por la necesidad de encontrar la respuesta al cómo revertir la relación que lo determina. La única posibilidad de una opresión que lleve apareja una filosofía como tal, es la de un nuevo grupo de opresores que expongan en su ascenso una nueva filosofía. Esta potencialidad es muy difícil de prever.

Pero dada esa posibilidad, y dada la conciencia de la posibilidad en la filosofía misma, se da que los filósofos advierten sobre el futuro lo mismo que sobre el pasado. Así sucede que, mediando los cambios en la realidad -ya sea apuntalándolos o determinando su producción-, la filosofía se ejercita en función de desarrollar una musculatura tal que le permita enfrentar nuevos tipos de opresión futura de tú a tú. Por ello, coincido en general con Jorge Millas, cuando escribe que “todo libro de filosofía” tiene por su razón más importante para existir “tensar la inteligencia y prepararla así contra las formas de la servidumbre que la amenazan por todas partes”[3].


[1] Ésta carta de Hegel a Niethammer, es citada en Rühler, Volker, “G.W.F. Hegel, la transformación de la metafísica”, p. XXIII, en Hegel, G.W.F. Diferencias entre los sistemas de filosofía de Fichte y Schelling y Fenomenología del espíritu, Ed. Gredos, Madrid, 2011.

[2] Kusch, Rodolfo. La negación en el pensamiento popular. Ed. Las cuarenta, Buenos Aires, 2008, pp.  63-76.

[3] Millas, Jorge. Idea de la filosofía, Tomo 1, Ed. Unviersitaria, Santiago de Chile, 1969, p. 16.

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