Alopatía / Medicinas alternativas e Inconmensurabilidad en Feyerabend

Ya’qub Gharibi al Muhayyir

feyerabend

De algún modo, los planteamientos de Feyerabend en Tratado contra el método son puntos de vista ampliados de las tesis de Kuhn en lo que al desarrollo de la Ciencia se refiere, como un proceso discontinuo de transformaciones no acumulativas que de tanto en tanto sientan las bases de una visión del todo distinta respecto a la anterior.

Sin embargo, en la postulación de la necesidad de un pluralismo metodológico y en las críticas implícitas al autoritarismo de la Ciencia, a su actitud monolítica y a su pretensión universalista, es a partir de lo que se podría hablar de un giro epistemológico feyerabiano, pues a partir de hipótesis arriesgadas, el autor asume una crítica radical respecto a la Ciencia, definida por Heidegger como un todo de proposiciones verdaderas conectadas entre sí por relaciones de fundamentación.

De modo que, dadas las características de la crítica feyerabiana, puede decirse que su radicalidad consiste en que sus implicaciones epistemológicas alcanzan al modo mismo de acceder al conocimiento y a lo que se entiende por verdad, desde el momento que introduce la idea de que no existen observaciones neutras –que se asuman sin una base teórica-; con lo que se pueden ver claramente los cuestionamientos de Feyerabend conectados con investigaciones epistemológicas y ontológicas previas, así como con hitos previos de la Ciencia –me refiero al desarrollo de la física cuántica-, que implican una revolución en la concepción de la realidad del hombre contemporáneo que aún no ha sido llevada a cabo.

Paralelamente, esta crítica apunta a cuestionar todo autoritarismo cientificista que desacredite a priori cualquier conjunto de saberes que no asuman una metodología considerada válida por éste. En el contexto de esta crítica, abordaremos el concepto de inconmensurabilidad, aplicándolo a la comparación de universos descriptivos distintos respecto a la medicina: el de la alopatía y el de otras medicinas alternativas.

Puntualizaremos antes, que el concepto de inconmensurabilidad entre visiones distintas y contrapuestas, fue introducido por Kuhn en referencia a la imposibilidad de interpretar situaciones experimentales y observacionales desde paradigmas distintos a partir de un lenguaje ‘neutro’ –aunque nosotros podríamos decir ‘común’-, ya que dichas observaciones apuntan a conceptualizaciones y redes de significación intraducibles para el otro punto de vista. Este concepto de inconmensurabilidad es tomado por Feyerabend y llevado aún más lejos, dado que cuando Kuhn habla de inconmensurabilidad, aún se mueve y permanece dentro del ámbito del conocimiento científico validado y occidental, mientras que Feyerabend lo extiende a la imposibilidad de comparar universos conceptuales pertenecientes a tradiciones distintas.

En ese sentido, si tomamos elementos fundamentales de la medicina alopática, como la noción de que las enfermedades son causadas por agentes patógenos externos al organismo, frente a la noción heterodoxa de puntos de vista alternativos en medicina, bajo los cuales las enfermedades son el resultado de un funcionamiento deficitario del sistema inmunológico, debido a procesos de interferencia por acumulación de toxinas, por vía alimentaria, exceso de sedentarismo o incluso a través de la síntesis o excreción de sustancias nocivas para el organismo como consecuencia de hábitos mentales o estados psíquicos perjudiciales en las personas.

Este punto de partida desde principios distintos, señala de por sí una variación en las conceptualizaciones que formulan la medicina alopática -unida a la industria farmacéutica-, frente a concepciones de la medicina homeopática, la medicina biológica y la medicina antroposófica, por ejemplo.

Sin embargo, las medicinas anteriormente mencionadas, aún comparten bases de conceptualización lingüística similares, por lo que su inconmensurabilidad se relaciona todavía con diferencias en cuanto a los supuestos asumidos. En cambio, tenemos en el ayurveda, la medicina de la India basada en la tradición védica, una concepción antiquísima en la que no sólo se tienen puntos de partida distintos, sino que unidades conceptuales absolutamente distintas y, por tanto, no transportables al conjunto de concepciones de la medicina, o aún de la cultura, occidental.

Tenemos, por ejemplo, que el ayurveda se sostiene en una serie de categorías paralelas a la teoría hipocrática de los humores (dejada totalmente de lado por la conceptualización de la medicina moderna), que todavía se fundamenta en una visión basada en los aspectos cualitativos de un sistema antes que en los cuantitativos. Pero no sólo eso, pues, por ejemplo, en la base de la cosmovisión ayurvédica, los organismos están constituidos por cinco elementos (éter, aire, fuego, tierra y agua), combinados en tres formas activas o doshas: frío-seco (éter y aire) o vata, calor húmedo (fuego y agua) o pitta, y humedad fría (agua y aire) o kapha, que a la vez se suceden de modo cíclico y consecutivo por acumulación y liberación, a través del paso de las estaciones, dando así a cada una sus características.

En ese sentido, nos encontramos con una imposibilidad absoluta de trasladar, aislar o cuestionar dichas categorías, sin aplicarles parámetros del todo ajenos al contexto donde dichos términos adquieren sentido. Por otra parte, nos encontramos en el ayurveda con una ciencia milenaria altamente especializada y sofisticada que aplicaba desde antaño cirugías quirúrgicas tremendamente precisas, que trata las enfermedades mentales a través de procesos de desintoxicación (al contrario que nuestra psiquiatría moderna, que mantiene a los enfermos mentales sujetos al consumo permanente de estupefacientes), que trata innumerables enfermedades, para las que la medicina alopática no tienen cura, a partir de sencillos tratamientos y variaciones alimentarias, y que tiene un conjunto de elaboradas pero sencillas técnicas de diagnosis de enfermedades (como el asombroso ‘escáner de barro’ –procedimiento por el que cubriendo el cuerpo de un paciente con barro hecho con tierra de color e infusiones de plantas, puede determinarse, una vez que el barro ha secado, qué zonas del organismo y qué órganos tienen un funcionamiento deficitario, observando las zonas del cuerpo cuya capa de barro ha quedado húmeda y presenta defectos de coloración).

Por otro lado, frente a las prácticas y tratamientos de las medicinas alternativas, nos encontramos con la realidad de que la medicina alopática no cura gran parte de las enfermedades que presume tratar, ciñéndose a un patrón paliativo que muchas veces busca la mera supresión de los síntomas, causando con ello un gran número de efectos adversos que son tan o más perjudiciales que los síntomas que ésta pretende superar, ocasionando un volumen importante de personas que son tratadas de por vida con sustancias químicas en proporción creciente, causándoles con ello un grave deterioro, atribuido a la vejez, a la vez que se hace una apología del progreso moderno en medicina y la elevación del nivel de vida de las personas, de un modo muy a propósito con lo que Feyerabend describe como procedimientos irracionales de propaganda para defender un sistema teórico conceptual.

Ello nos lleva necesariamente al punto de cuestionar no sólo el autoritarismo cientificista de una visión predominante que ha devenido en ideología, sino que el dispositivo mismo en que la tecno-ciencia ha derivado, partiendo de la construcción de un modelo materialista de la realidad que se fundamenta en un modelo objetivista y una concepción kantiana de sujeto, bajo la cual el todo puede ser conocido mediante el estudio de sus partes y sus relaciones causales (como si éstas fueran intrínsecas y no un modo de interpretación), a la vez que se sostiene una visión dualista de mente y cuerpo como realidades escindidas e independientes, de manera que se tiene una comprensión mecánica de las interrelaciones presentes en organismos y ‘sistemas’.

Todo ello nos lleva, además, a situar la ciencia, y la medicina a la que ésta da origen, como conceptualizaciones determinadas histórica y culturalmente, de manera que sus puntos de vista han de ser conocidos como los de una praxis situada en una realidad determinada, en la que los casos ‘normales’ no son necesariamente idénticos a los saludables, dado el hacinamiento de nuestras ciudades, la contaminación del aire que respiramos, la falta de pureza del agua que bebemos, la excesiva manipulación de los alimentos que comemos, la habitual falencia en los lazos afectivos, y el nivel de estrés al que nos vemos obligados a acostumbrarnos; de modo que la ciencia moderna, y la medicina en particular, han de ser vistas como instrumentos de control antes que como instancias neutras y libres de investigación, mientras que otros enfoques pueden aportar las herramientas necesarias para abordar el tema de la salud de un modo menos mecánico y más integral.

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