Acerca del lenguaje y su filosofía

Ya’qub Gharibi al Muhayyir

 

 wittgenstein

 

 

Como simple neófito en este asunto, apenas un principiante en el estudio de los intrincados y arduos problemas del pensamiento, comienzo este ensayo por confesar mi incapacidad, o quizás mi inhabilidad respecto a la materia que nos ocupa, pues por más que busco y rebusco en mis primeros atisbos de la disciplina, por más que intento encontrar su sustancia -o tal vez algo de lo que Aristóteles llamaba ousía-[1], en mis primeras incursiones a este asunto, de todos las ramas de la filosofía me parece la filosofía del lenguaje la menos filosófica de las disciplinas.

 

Y ello no sólo porque, o al menos a partir de la lectura de ensayos breves de algunos de sus representantes pareciese que, de lo que menos se ocupa es de reflexionar acerca del lenguaje, naturalizándolo y considerándolo un mero material instrumental indigno de ser abordado más que en cuanto al estudio de sus funciones y relaciones, tarea que por lo demás me parece más un asunto de gramáticos que de filósofos, máxime cuando gran parte del espíritu que anima a dichos exponentes es un afán de formalización en el cual se pierde la perspectiva de lo que el lenguaje sea en su conjunto, en el que además de obviar sus aspectos tremendamente filosóficos quisieran todavía ‘depurarlo’, es decir ‘limpiarlo’, como si los aspectos del mismo no compatibles con sus procedimientos y objetivos no fueran facetas consustanciales  del ser y el hacer humanos, sino meras excrecencias de las que deberíamos librarnos sin riesgo a perder gran cosa; como quien formatea un ordenador para alcanzar un uso más óptimo de sus funciones.

 

Sin embargo, ¿cuáles podrían ser las funciones que el lenguaje debería alcanzar de un modo más apropiado, para lo cual estos exhaustivos pensadores se han propuesto en más de una ocasión su reformulación? Sus discusiones nos dan algunas pistas, pues en estas no pareciese estar en juego la sorprendente capacidad humana de codificar y decodificar significados usando como soporte un conjunto de sonidos o grafemas, ni la manera en que mediante este procedimiento se alcanzan los significados[2], ya que éste es un asunto ‘natural’, que se ha de tomar como algo dado, pues las preguntas que este asunto podría suscitar parecen incómodas o  innecesarias, y por lo demás se ha de obviar la metafísica, y lo que no lo es -pero que aún no es ‘ciencia’- es tarea de psicólogos, y si no para eso está la epistemología. (Confieso de paso, que en mis primeros estudios o aproximaciones a la filosofía de la ciencia, en contra de lo que a priori había creído, me apasionó y encontré planteamientos y discusiones cien veces más interesantes en Popper, Kunt o Fayerabend[3] de los que he atisbado en mis primeros pasos por la llamada filosofía del lenguaje).

 

En efecto, en las discusiones de los eminentes pensadores de la analítica se encuentra la función referencial del lenguaje a sus ‘objetos’, y predomina en el ambiente de dichas discusiones la reminiscencia de una visión que significa por realidad, ‘la realidad objetiva’, el mundo externo lleno de cosas que se suponen son tal y como las vemos, respecto del cual el lenguaje cumple una función apelativa, a partir del nombre y lo nombrado -la referencia para Fregue-, los nombres propios y las descripciones definidas, para Rusell, y entonces todo se vuelve un problema de cómo estarían dadas las relaciones entre éstos, qué serían las definiciones, y si éstas pueden estar dadas por las sinonimias, etc; pero aquí hago un alto, pues si no me detengo un momento podría verme sumergido en dichas discusiones, al igual que ellos, hasta el punto en que los árboles me harían perder de vista el bosque.

 

Decíamos, que tras los connotados esfuerzos de la escuela analítica se deja atisbar una concepción filosófica implícita y algunos presupuestos acerca del mundo, como el de que hay un ‘mundo objetivo’ que ‘se refleja’ de un modo nítido y transparente en el ‘sujeto’, un sujeto muy peculiar por lo demás, porque en dicha función el sujeto es descrito como un objeto -al estilo de una cámara fotográfica, una filmadora, o, como mucho, al de un órgano biológico (el ojo y la retina)-,  en lugar de ser considerado como lo que es, la morada de la subjetividad[4]. Otro presupuesto  se deja adivinar en uno de los epítetos usados por los analistas cuando hacen alusión a los lenguajes llamándolos ‘lenguajes naturales’. Y de golpe nos encontramos en una excursión con sombrero y botas de safari, y a hasta con un rifle; y lo que se quiere eliminar queda meridianamente claro, pues lo que incomoda a quienes dirigen la expedición es el ‘uso equívoco’ del lenguaje ‘natural’, pues andan buscando la exactitud, la pulcritud de las salas de disección donde lo vivo puede ser alejado de la selva para ser estudiado hasta en sus más recónditos y detallados pormenores.

 

Loable intento, pero ¿se deja aprehender lo vivo capturado en frascos de formol y en las amuralladas salas de un laboratorio? Nos parece que no, y desgraciadamente -para nosotros, pues se nos enrostrará que hace mucho, nos hemos salido del tema-, esta es una actitud que caracteriza a nuestro selecto  grupo de filósofos del lenguaje, enraizada a la irrupción de la tecno-ciencia –que ellos admiran como si se tratase sólo de Ciencia-, y que por tanto comparte con ellos una misma sección de código genético, con lo cual quizás no sea exagerado decir que aquello a lo que actualmente llamamos filosofía del lenguaje pudiese tratarse no más que de algo así como la curvatura del espacio tiempo dejada por el Círculo de Viena, cuando la ciencia comenzó a edificarse sobre la creencia de que poseía una base tan sólida, que no admitía la menor duda al estilo cartesiano. Y a semejante tipo de edificio se arrimaron los analistas, e intentaron congraciarse con él imitando sus métodos, obteniendo con ello un conjunto de ejercicios de jaculatoria que han llenado los cientos de páginas de sus libros de contenido, pues aunque alguien tan inexperto como el que escribe, los vea falto de él, para ellos desde luego que consta como tal.

 

Sin embargo, voy a abstenerme de seguir usando este tono para centrarme en el tema que nos convoca, no sea que un lector paciente comience a sentir que abuso de su confianza dando rienda suelta a mis aversiones personales. Con todo,  ¿qué se nos queda fuera a partir de esta manera de aproximarnos al lenguaje? Nada más ni nada menos que la conciencia, que es la instancia que toma y da forma al lenguaje, lo determina y es determinada por él en sus relaciones con sus ‘objetos’, o ‘contenidos’, y precisamente aquí vemos un uso indicativo del lenguaje y/o referencial, pero que hace referencia a objetos no físicos, por lo que  se puede decir que  la naturalización de los fenómenos es la actitud más antifilosófica de que puede hacer gala quien pretendiendo pensar sólo articula juegos de lenguaje; pues, tal y como señala Lyotard[5], el lenguaje de la admirada Ciencia de los analíticos es incapaz de soportar la sabiduría tal y como ésta era entendida hasta tiempos pre-modernos, en los que no había escisión entre sabiduría y ciencia, siendo ese lenguaje un vehículo de información que excluye los tipos de conocimiento que no se ajustan a su método.

 

Lejos de esto, el lenguaje es el lugar donde el hombre tiene su morada, el sitio donde toman forma sus pensamientos, y el modo en que el ser humano concibe lo que le rodea y se concibe a sí mismo, y se da  un sentido y un propósito, pues, al decir de Ortega[6], el ser humano a diferencia de los demás animales ha de darse un destino, pues no tiene un patrón pre-asignado; y a pesar de que pretenciosamente se ha denominado a sí mismo homo sapiens, también el saber es algo que se ha de buscar, pues no es una posesión firme y segura, prefigurada como los instintos . Y justamente, aquí damos con una cuestión quintaesencial, pues si el ser humano es el animal -el ser animado- dotado de lenguaje, tal y como decía Aristóteles[7], es por éste capacitado para pensar, conocer y  plantearse la realidad como un problema. Aunque por supuesto esta actividad puede parecer a nuestros analíticos -tan ocupados como están de proseguir de cerca la procesión triunfal de la tecno-ciencia-, una actividad carente de sentido o una ocupación para metafísicos,  digna de desatenderse.

 

Empero, para cualquiera que tenga los ojos bien abiertos, se ha llenado el horizonte de desastres concitados por la actitud antes descrita y el proyecto demencial y babilónico de construirnos una realidad aparte y a  espaldas del espacio natural, y en contra de la naturaleza humana -pues si hay algo que este proyecto civilizador ha conseguido es convertir al ‘homo sapiens’ en un homo tecnológicus que apenas  vuelca el pensar sobre sí mismo, aquella actividad tremenda por la que el significado se pregunta por el significado-, pues la ‘creación de un lenguaje funcional’ efectivamente ha servido para el desarrollo de los ordenadores y el desempeño de los seres humanos dentro de los márgenes establecidos, donde el lenguaje y el pensamiento están sufriendo restricciones debidas al uso, tan graves, que poco falta, si es que no ha llegado ya el tiempo, en que el lenguaje servirá para comprar papas, pero no para entender la naturaleza de la sociedad tecnológica altamente sofisticada que nos ha incorporado en su interior como en una matrix, redefiniéndonos e injertando dentro de nosotros sus propias prioridades y objetivos.

 

Con lo anteriormente dicho, muy a pesar nuestro, surge en medio de nuestro tema, un panorama sombrío; a saber, que a propósito del lenguaje y su filosofía, nos hallamos en una fase bastante avanzada de lo que fuera el proyecto del Círculo de Viena -entre medio Wittgenstein nos dijo que de lo que no fueran ‘hechos’ es mejor no hablar-, y éste en efecto ha significado el desarrollo de un tipo de lenguaje y pensamiento que nos muestra lo que Nietzsche había atisbado hace cien años: que tras una serie de raciocinios hay siempre una voluntad de poder, y aquella relacionada con los desarrollos que hoy han tomado una forma cada vez más evidente, aquella que prácticamente prohíbe o inhibe el pensamiento y el lenguaje en sus modos más significativos.

 

Respecto de esto Horkheimer hizo un aporte inestimable con su crítica[8], pues de eso se trata este asunto, del uso del lenguaje no para pensar, la cual es su función más alta, sino de un modo funcional, y este carácter instrumental está tan extendido hoy, que en general los seres humanos se molestan cuando son confrontados al modo socrático, y hay cien vasijas de cicuta esperando a quienes en otro tiempo hubieran sido acusados de ‘corromper a la juventud’; no obstante hoy no son necesarias, pues vivimos en sociedades altamente ‘educadas y especializadas’ y la inmensa mayoría de las personas rehúyen de cualquier portador de pensamientos ‘no verificables’ –al decir de nuestros insignes lingüistas-, como quien huye de la peste.

 

Pero, ¡atención! ¡Ha sido arrojada aquí una tesis! ¡Que la función más alta del lenguaje es la del pensamiento, y no la de referir objetos del mundo físico! ¡Horrores!, atisbo algunas personas incómodas y no pocas inquietas en sus sillas queriendo levantarse y salir de la sala. De acuerdo, es algo que ya ha sido dicho, es más ha sido dicho por más de alguno, entre ellos Husserl, quien gracias a Brentano, se dio cuenta de que la intencionalidad es una cuestión capital,desarrollando a partir de ésta una ciencia fenomenológica a partir de la cual establece que los actos de habla han de ser estudiados a la luz de los actos del representar, imaginar, aprender, recordar, mencionar y otros actos intencionales; así como Heidegger[9], quien dijo que la esencia, lo que define al ser humano -al que él llamó el ser-ahí-, es su relación con los nombres, con la capacidad de nombrar el verbo, la acción, y la acción de preguntar que está dada en el nombrar. Pero, a fin de cuentas, esta es una cuestión de escuelas, así que ¡por Dios!, ¡seamos civilizados!, cada oveja a su redil y ¡aquí no ha pasado nada!

 

Y sin embargo, me viene un recuerdo a la memoria relacionado de un modo extraño con nuestro tema: en un cuento de Borges, llamado Los inmortales[10], nos encontramos en un paisaje onírico de seres postrados que, sin otra actividad que soportar el incesante paso del tiempo, han olvidado el lenguaje. En una posición diametralmente opuesta, nos encontramos quienes, consientes del paso del tiempo, hemos de pensar la vida como algo transitorio y un camino conducente a la muerte.  

 

 


[1] Aristóteles, La metafísica

 

[2] Ni qué podrán ser éstos cuando junto con otros articulan un conjunto mayor de significaciones que ya no pueden ser reducibles al esquema referencial sin perder el marco conceptual, es decir su ‘significado’.

 

[3] La lógica de la investigación científica, Popper, La historia de las revoluciones científicas, de Kuhn, y el Tratado contra el método, de Feyerabend.

 

[4] Hay descripciones del proceso cognitivo de aprehensión de la realidad ciertamente menos toscos y más interesantes, por ejemplo en Popper y su planteamiento del ‘mundo tres’, y de cómo la visión de lo que llamamos mundo, está mediatizada por un conjunto de conceptos complejos -legados por la cultura e incorporados al sujeto a través del proceso de aprendizaje-  que se interpone entre nosotros y dicho mundo, cumpliendo una función descriptiva a través de un proceso de ‘descodificación’ y re-significación de las percepciones del mismo modo en que se hace en una primera instancia con el lenguaje hablado y escrito. Karl Popper, La lógica de la investigación científica, capítulo 4, Sobre la teoría de la mente objetiva.

 

[5] Francois Lyotard, La Condición postmoderna, El campo: el saber en las sociedades informatizadas.

 

[6] Jorge Ortega y Gasset, Ensimismamiento y alteración

 

[7] Aristóteles, La política

 

[8] Max Horkheimer, Crítica de la razón instrumental

 

[9] Heidegger, Ser y tiempo

 

[10] Jorge Luis Borges, Nueva antología personal

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