Comunidad de aprendizaje: común-unidad, ¿en base a qué?

Ya’qub Gharibi al Muhayyir

 

 

 

 

No puede haber común unidad sin un ethos, un cuerpo sólido de creencias/representaciones común y profundamente aceptada.

 

¿Ha sido capaz el humanismo -como visión y fundamento ético del mundo moderno-, de otorgarnos un ethos perdurable y suficientemente sólido?

 

Justamente Bollnow [1] dice que los portavoces del hombre contemporáneo se vanaglorian de su condición indefensa como si todas las fuerzas protectoras fueran mentira y engaño [2]. Sin embargo, si bien hay algunos pensadores que pretendiendo ser sus portavoces, asumen una actitud sombría y que corresponde propiamente a la descrita por este autor, hay otros que hablan no en términos de sus propias posturas, sino de la condición del ser humano actual en la que se refleja una pérdida que no cesa -caracterizada como la ‘reducción nihilista’ por Ernest Jünger, y augurada por Nietzsche en su proclama ‘Dios ha muerto’ (‘El desierto crece, ¡ay! de quien alberga desiertos’)-. También Sloterdijk se propuso escribir un tratado -a pesar, dice, de que en esta época se sospecha ya de la viabilidad y de la legitimidad de escribir ‘grandes relatos’-, en el que interpreta la sensación de orfandad que experimenta el hombre contemporáneo, como consecuencia de la disolución de las esferas protectoras, constituidas por una serie de concepciones previas que paulatinamente fueron siendo removidas por la visión que actualmente le posiciona en un punto cualquiera de un universo sin centro; tema que desarrolla también en ‘El mundo interior del capital’, donde trabaja por contra, la idea de ‘interioridad’ del capitalismo como un proceso creciente que internaliza y absorbe todo lo que lo circunda circunscribiéndolo a su órbita totalizadora, como un modo de crear una dimensión ‘interior’ frente a un mundo exterior sin capas protectoras, por lo que el crecimiento y expansión de las jaulas de cemento y el maquinismo que le acompañan, serían la forma propia de desarrollo de un tipo humano que considera al cosmos y al espacio natural como un ‘exterior’ que causa inseguridad y desarraigo. Esta inseguridad inajenable, señala Bollnow, la atribuía Goethe al ‘monstruo’ [3] -que aquí podemos relacionar con ‘el último hombre’ de Nietzsche [4], ‘el hombre que ha perdido lo que esencialmente le pertenece’. No obstante, ¿cómo puede el hombre perder lo que le pertenece esencialmente? Acaso dejando en parte de ser lo que es, des-humanizándose. Esto nos lleva a la paradoja de las ciudades sin alma, del hombre-masa, aquel que se siente solo en una época en la que nunca antes ha estado su hábitat más atiborrado.

 

Ahora bien, si hablamos del habitar, del hábitat, nos encontramos de nuevo frente a otra extraña paradoja, la de este ser humano actual que partiendo antaño de un modo de vida sedentario frente a otros tipos de vida nómada, ha desembocado en un modo de vida en el que tampoco puede decirse que habite un suelo, pues se encuentra constantemente en procesos de flujo, desde la calle por donde transita constantemente hacia sus ocupaciones, hasta los ascensores que lo suben o bajan de o hacia sus habitáculos mínimos, donde toda su exterioridad termina siendo su conexión al ámbito de los dispositivos de la ‘comunicación’. Al mismo tiempo que un edificio de innumerables pisos no parece una construcción donde la vida esté anclada a un suelo, pues por el contrario, pareciese ser una estructura que posibilita el habitar en capas lejos del suelo, de manera que al cabo de un desarrollo vertiginoso, se encuentra el ser humano habitando un espacio en suspensión al modo de la flotabilidad de los barcos, por lo que podríamos denominar al nuestro un ‘mundo náutico’, que en un cierto sentido (el sentido de hallarse bien anclado a un suelo) se hace cada vez un mundo más inhóspito. Frente a esta óptica, la idea de Bachelard de que si los hombres continúan haciendo su casa pese a los horrores del mundo, ello guarda relación con una confianza tácita en el mundo, nos parece una idea forzosa en la que no se considera la premura que empuja al ser humano a hacer las cosas que hace más allá de hallarle e este hacer un verdadero sentido. Si bien éste último sea susceptible de hallarse, aunque no sin antes responder a la siguiente cuestión relativa al habitar: si suponemos que el cuerpo es nuestro ‘primer hábitat’, ¿qué se supone que ‘lo habita’?, llámese como se llame a este ‘agente habitante’, ya sea ‘alma’, ‘psiquis’, ‘mente’, ‘conciencia’ o ‘espíritu’, hay algo que soy yo y que no es mi cuerpo, aunque ‘mora en él’. Por lo tanto la gran pregunta que podría llevarnos a habitar el mundo de otro modo sería quizás responder a la pregunta ¿Quién soy yo?, recordando que el oráculo de Delfos indicó a Sócrates: “Conócete a ti mismo, y conocerás a las cosas, los hombres y los dioses”.

 

Dicho lo anterior, podríamos concluir diciendo que la escuela como comunidad de aprendizaje es un espacio tanto externo como interno caracterizado por la común disposición hacia el aprendizaje, por lo que su puerta sería esta última disposición y sus ventanas, los espacios de visión abiertos hacia el mundo desde distintos ángulos, de manera que el docente pueda abrir dichos espacios y alimentar y estimular el deseo de saber.

 

 

 


 

[1] Otto Friedrich Bollnow (Stettin, 1903 - Tübingen, 1991 ) fue un filósofo y profesor de alemán que se se ocupó de los fundamentos de la filosofía, de la fenomenología y la filosofía existencial, desarrollando el trabajo de Wilhelm Dilthey en la hermenéutica, y que se preocupó también por los fundamentos de la pedagogía.  

 

[2] Bollnow, Otto Friedrich (1964) “El hombre y su casa. Contribución al espacio vivenciado”. En: Eco. Revista de la Cultura de Occidente. (52-54) Tomo IX: Agosto-Septiembre-Octubre.

 

[3] “los monstruos (entendiendo por éstos las criaturas ‘inhabituales’) perteneciendo a la naturaleza son a la vez anti-naturales y no producidos por el “arte”. La concepción de lo monstruoso como algo anti-natural deriva probablemente de la incapacidad o imposibilidad regenerativa que, con razón o sin ella, se ha solido atribuir a los monstruos, y que se asocia directamente con la concepción griega de la naturaleza como physis: lo que da origen o genera. Un monstruo es una exacerbación de la singularidad individual porque detenta la originalidad absoluta: se extingue también genéricamente con su propia muerte: cada monstruo es, “fuera de serie” o “único en su género”. Es una excrecencia degenerativa, pero también un producto de la naturaleza, de otro modo no sería posible provocar variaciones zoomórficas.” Catástrofes de nueva generación, Marcos García de la Huerta.

 

[4] “El más feo de todos, que dispone de grandes medios que contrastan con su mediocridad y su bajeza, hombre temeroso, cobarde y des-comprometido, desconfiado, denigrador nato de todos los tipos superiores y de todas las ideas superiores”

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