Sobre los mitos fundacionales de la modernidad

Ya’qub Gharibi al Muhayyir

 

 carta de los derechos del hombre y del ciudadano

 

 

La idea-fuerza al abrigo de la cual se desarrollaron las restantes ideas fundamentales de nuestra concepción moderna, fue la idea de razón, cimentada en torno a la idea-mito del logos griego, si bien esta idea estipula una concepción más emparentada a la racionalidad al modo en el que nosotros la entendemos que a la idea que pudieron tener del logos los antiguos griegos, como una proporción y una relación presente en todas y entre todas las entidades del cosmos, y un principio orientador del que todos los seres humanos participamos en tanto que seres provistos de lenguaje. Hemos de notar, además, que la idea de logos que tenían los primeros pensadores griegos, los presocráticos, dista mucho de la que encontraríamos posteriormente en los grandes sistematizadores, Platón y Aristóteles, ya que, por ejemplo, en Heráclito y Parménides no puede apreciarse todavía una diferencia notoria entre el proceso discursivo y el arte de poetizar, de modo que estos autores tocaban con su sabiduría aspectos sutiles difíciles de alcanzar a través del proceso puramente discursivo, por lo que se puede decir que en los pensadores presocráticos -y acaso aún en Sócrates-, prevalecía una noción del logos en la que podía hallarse todavía un gran componente de intuición. Posteriormente con la dialéctica, se desarrolla una concepción distinta del logos, caracterizada por el análisis y la presencia cada vez menor del pensamiento analógico.

 

Será bajo esta concepción posterior de racionalidad que nuestra visión moderna se desarrollará, contraponiendo a un mundo y un orden previos basados en la creencia, un conjunto de categorías, cada una de las cuales constituirían tanto una suerte de pilares fundamentales sobre los que se iba a construir una nueva visión de las cosas, como una esfera de concepciones míticas o relatos que se considerarían suficientes, y por tanto suficientemente explicativos del mundo, y por tanto necesarios (en la acepción lógico-matemática de necesidad -en la que no cabe ninguna otra cosa-), por lo que la racionalidad sería el primero y más relevante de este conjunto de nociones. Por supuesto, no está demás decir que la llamada racionalidad, haciendo de la duda su método, iba a ser un procedimiento arrojado sobre todo un mundo y una visión anteriores, con el que iban a ser disueltos, aunque ese carácter disolvente del cuestionamiento como método fuera a volverse finalmente en contra de la misma Ilustración, señalando a su vez las partes que en ella habían devenido en mitos, o relatos considerados intocables, proceso minuciosamente desarrollado por Adorno y Horkheimer en Dialéctica de la Ilustración, y aún más incisivamente tratado por Peter Sloterdijk en Critica de la razón cínica.

 

De modo que un conjunto de categorizaciones iba a ser arrojado contra el orden existente, entre otras razones, por considerárselo injusto y como tal irracional, y por lo tanto inaceptable. Consecuentemente, contra un mundo en el que la jerarquía ocupaba un lugar fundamental, se iba a alzar la proclama de ‘igualdad, libertad y fraternidad’ como una bandera frente a un Orden calificado de ‘Antiguo’. Junto a esta proclama, iba anexa la idea de que se trataba de cuestiones universales válidas para todo tiempo y lugar, pues se trataba de nociones que constituían la más alta expresión alcanzable por el género humano, no ya la conexión con la divinidad como antes, sino que los ideales humanos van a ocupar el lugar de Dios y serán tratados como entidades sin sombra, incuestionables, universales y válidos ad eternum, con lo que puede verse de inmediato su carácter mítico, al tiempo que podemos distinguir el carácter mítico de la idea de universalidad, pues al ser una idea-fuerza que puja por un mundo sin par, no dejaría mundos alternos que pudieran constatar su presunta universalidad, excepto por el exterminio de toda alteridad.

 

Otro aspecto mítico en este conjunto de concepciones, es la idea misma de Ilustración, frente a la noción previa de revelación, ya que bajo este conjunto de nuevas nociones se pretende ‘ilustrar’ al hombre, educarlo, ‘sacarlo de su minoría de edad’, ‘sacarlo de las tinieblas de la ignorancia’ a fuerza de sangre y fuego si hace falta -como en La Vendée[1]-, pues todo se considera válido si el objetivo es la ‘liberación del ser humano’, su conexión con la ‘Res-pública’, donde el ‘pueblo’ habrá de ‘gobernarse a sí mismo’, todo lo cual irá llevando a las distintas sociedades, a partir de la Revolución Francesa, paulatinamente a un ‘Nuevo Orden’ que se considerará la alborada de ‘Las luces’, frente a una ‘oscura’ época anterior, que será considerada una ‘Edad Media’, un paréntesis entre el ‘Mundo Clásico’ y la ‘Época Moderna’ (Edad Nueva), en un pretendido movimiento ascendente de transformaciones y mejoras incesantes que iba a ser acuñado con el término de ‘progreso’, otra idea-mito. 

 

Todo estos conceptos así como las transformaciones que traerían aparejadas, han tenido y tienen todavía, por supuesto, una íntima conexión con la educación, toda vez que educar viene del latín educere, llevar hacia, por lo que la escuela pública, una de las primeras y más fundamentales instituciones ilustradas, iba a ser considerada obligatoria, con lo que puede verse que esta libertad y esta liberación no iban a ser vistas como una opción, y la alfabetización iba a ser un agente angular dentro de dicho proceso.

 

Todo lo anteriormente descrito supuso una serie de nuevos ritos a diferentes niveles, desde los primeros ritos de sangre de una revolución que se devoraba a sí misma y que sólo pudo ser contenida a través de un sujeto fuerte que pudo convocar el vertimiento de sangre hacia fuera de las fronteras -por el que se llegaría a Egipto y a las puertas de Rusia-.

 

Justamente, dicho personaje caracteriza en el lenguaje psico-sociológico, al sujeto ‘napoleónico’ de la primera modernidad, el sujeto fuerte construido a través de una serie de ritos bien definidos, a pesar de que la libertad no se hizo una experiencia acorde a las expectativas, la desigualdad siguió existiendo de modos diversos, y en lugar de una sociedad de privilegios, surgió una sociedad de clases diferenciadas socio-económicamente en las que la fraternidad no dejaba de ser un concepto huero por el que una persona era capaz de pasar al lado de otra tirada en el suelo sin desviar la mirada.

 

Pero eso no iba a ser todo, pues en una segunda modernidad, denominada por algunos autores como post-modernidad, íbamos a llegar a un mundo donde la pretensión de libertad esconde la esclavitud de un proceso irracional en un mundo técnico altamente complejo en el que la educación ha derivado en una procedimiento técnico falto de autonomía, orientado a la competencia en la homogeneidad, al desarrollo de habilidades y a la construcción de sujetos funcionales, en la que los ritos ya no constituyen actividades clara y exteriormente demarcadas, pues han sido sustituidos por la implementación de patrones incorporados junto a un conjunto de ideas-fuerza constantemente repetidas, internalizadas y validadas de esa manera.

 

El mito de la igualdad

 

La igualdad irrumpe en Francia como una reivindicación a finales del siglo XVIII dentro de un mundo altamente estratificado, en el que una primera y anterior concepción de nobleza (que no se consideraba una condición dada de por sí, sino conferida por un comportamiento intachable y acorde a un conjunto de distinciones que honraban el buen nombre o denostaban a quienes en sí lo mancillaban), deviene en una tardía concepción de la nobleza como una condición heredada junto a un conjunto de privilegios. En las postrimerías de dicho mundo, la nobleza se había vaciado de contenido, la justicia casi había desaparecido, y ello había traído una ola creciente de atropellos y abusos permitidos y hasta justificados en nombre de una institucionalidad que se caía a pedazos. Dicho esto, es inevitable reparar en las semejanzas que hay entre ese período y el nuestro, y hasta qué punto la igualdad, como parámetro que sustituyó el paradigma de la nobleza, ha devenido en una consigna huera que incluso tiene implicaciones perniciosas, pues en un sentido en el que es pertinente, podemos verla hoy como un valor invertido –como es el caso del castigo a atrocidades como asesinatos y/o violaciones, donde se buscan dispensaciones fundamentadas en posibles perturbaciones mentales (como si alguien en su sano juicio pudiese llevarlas a cabo) -, mientras en otro sentido en que no lo es, como en los procesos cognitivos relacionados con el aprendizaje, podemos constatarla como un principio limitante y hasta configurador y extensor de mediocridad.   

 

Por tanto, tenemos que la igualdad teniendo sentido como un principio legal que deniega privilegios -y ese fue su origen primero-, no tiene sentido como principio extendido a todo ámbito, pues desde su primer sustrato legítimo se va perfilando o desperfilando como un ‘valor’ pretendido, o un antivalor propio del modo de valorar del burgués, pasando a ser una de las categorías fundamentales de su escala de valoración, siendo introducido paulatinamente en el mundo que se fue generando como producto de su emancipación como un parámetro validado en sí mismo, transportable a instancias muy diversas de su primer ámbito, hasta el punto de que hoy se le considera, junto a otros surgidos de dicha escala, un valor incuestionable, y cuya consecuencia última es la reducción de las cosas a relaciones de valor mercantil, junto a una ‘elevada’ pero inefectiva retórica.

 

De modo que la igualdad, fuera de su condición de criterio necesario e irrenunciable en el marco normativo, tiene consecuencias perniciosas, porque aplicado a los seres humanos más allá de un patrón normativo común, obvía dos cuestiones fundamentales. Primero, que ninguna cosa es igual a otra (y esto no quiere decir necesariamente -aunque sí podría significarlo- mejor ni peor). Y, segundo, derivado de lo primero, que éste es un factor fundamental para todo aprehender, pues sólo podemos conocer a partir de las diferenciaciones, las texturas, las cualidades, mientras que el principio igualador es funcional al mundo de las entidades aritméticas en que todas son reducibles a la unidad y a operaciones de adición y sustracción, al mundo en que lo importante es lo medible, y sólo lo medible es lo constatable, y lo que no lo es, es considerado entre las cualidades ‘secundarias’ que no permiten aprehender el mundo -aunque hay pensadores y posturas que han planteado justo lo contrario, como Goethe, en el sentido de que el ser humano es el instrumento perfecto e insustituible para aprehender su mundo tal cual es-. Por tanto, se trata de modos opuestos de aproximarnos a la realidad, suponiendo que ambos modos logren dicha aproximación.

 

No en vano, dice Jünger que el cálculo es la principal modalidad de las valoraciones burguesas, derivada de que su mundo se construye a través de las relaciones contractuales que tienden a disolver prácticamente todas las otras vinculaciones, de modo que en lugar de pueblos, tenemos ‘sociedades’. Y estas sociedades, están constituidas, al igual que en la aritmética, por conjuntos de individuos que son igual a la suma de sus partes, lo que no sucede en conjuntos no inermes en los que el conjunto es una gestalt que no es igual a la suma de sus partes. Estas sociedades, en cambio, están constituidas por ‘individuos’, que lejos del patrón del humanismo Davinciano, son lo que Wilheim Reich llamaba ‘pequeños hombrecitos’, ‘individuos’ de los que su co-relato es la masa. Justamente, atrocidades como el nazismo, el estalinismo y la ‘revolución cultural china’ –y en primer término podríamos mencionar la revolución francesa, pese a que no es lo ´políticamente correcto’- sólo han sido posibles gracias a lo que Hannah Arendt identificó como la insignificancia y superficialidad de cierto tipo de hombre, y éstas son consecuencia de la promoción de una igualdad malentendida, además de una articulación inauténtica producto de una desarticulación previa, por lo que en lugar de pueblos, tenemos rebaños.

 

Por contra, parece que no es posible el re-conocimiento, el respeto real -y las articulaciones orgánicas- sin la capacidad de aceptar, apreciar e incorporar la diferencia, puesto que si se habitúa a las personas a considerarse un ‘igual’ entre ‘iguales’, tendrán dificultades para re-conocerse con profundidad, así como para reconocer con profundidad al otro, a los otros, en lugar de representárselos como  variables, n, n, con atributos exteriores leves que les permiten diferenciarlos apenas a un nivel funcional. Por lo tanto, es fundamental desarrollar la capacidad de distinguir y de ser consecuente con las distinciones, pues en ellas se funda el conocimiento y el re-conocimiento entre pares, lo que permite un mundo de articulaciones, cuya carencia nos pone frente a una masa indiferenciada, informe y sin anhelos por conocer ni conocerse profundamente, ni por esforzarse por logros que no sean logros individuales e inmediatos.

 

La falta de articulación, por otro lado, implica una maleabilidad opuesta a cualquier tipo de autonomía, la incapacidad de organización, y por tanto la connivencia permanente y perpetua con el orden fáctico definido por Sloterdijk como una anarquía y un mar abierto a los filibusteros que escampan en él a gusto y sin ningún contratiempo.

 

Frente a todo lo anteriormente dicho, resulta de una vital importancia aprender y enseñar no sólo a aceptar y respetar la diferencia, sino que a conocerla y reconocerla como un ángulo desde el cual las relaciones pueden tomar significaciones distintas, en un sentido de dar y darse cada uno un lugar apropiado desde el cual situarse y situar al otro, no para competir ni tomar ventaja –como hasta ahora- sino para concederse y conceder a cada uno el espacio de construcción de contextos mayores que el pequeño círculo de cada cual, donde toman importancia las olvidadas nociones de deber y responsabilidad.

 

Esto, sin embargo, no es posible sin un ethos comúnmente aceptado y sin un núcleo de prácticas asumidas que en las personas tienda a la modificación y a la perfección del carácter. No obstante, es posible plantear en el ámbito educativo un enfoque y un ejercicio tendientes a modificar las formas igualadoras relacionadas con la corriente dominante de nuestro tiempo. Pero es indispensable que ello se acompañe con la indicación y la toma de conciencia de que las cualidades y las capacidades no son algo enteramente propio, en el sentido de que no son algo que hayamos elegido ni merecido, por lo que, en el terreno de la construcción de espacios mayores, son dones que conllevan responsabilidades directamente proporcionales, y el orgullo respecto a ellos sólo trae impostura, vanidad y soberbia, con lo que se hace un mal uso, en perjuicio propio, de algo que está ‘cedido en préstamo’, pues no hay para ninguno de nosotros un sinfín de días en los que no haya de llegar el día en que hayamos de ‘devolverlas’.

 

 


[1] La región de la Vendée, en el centro-oeste de Francia a orillas del Atlántico, fue escenario en 1793 de un alzamiento popular campesino contra la Revolución Francesa, que sólo sería apagado luego de tres años con la aniquilación de gran parte de su población, por lo que se trataría del primer genocidio de la era moderna.  

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