Esbozo de una antropología filosófica desde la cual abordar la paideia

Ya’qub Gharibi al Muhayyir

 

 

antropologia filosófica

 

La educabilidad del ser humano, como sustantividad de la acción de educar (del latín ‘educere’ -conducir-), se encuentra necesariamente emparentada a una idea del ser humano hacia la que se quiere conducir al educando. Por lo tanto, la educación presupone una noción de ser humano que ha de ser explicitada y que intentaremos esbozar como un tipo de filosofía antropológica desde la cual elucidar los fundamentos de un enfoque pedagógico bajo el cual pretendemos abordar la tarea pedagógica. Para ello, antes que definir al ser humano, sería más apropiado caracterizarlo en sus rasgos más esenciales, entendiendo que en ciencias sociales o en ciencias humanas, muchas veces las definiciones no definen su ‘objeto’.

 

Para caracterizar al ser humano en sus rasgos más esenciales, nos serviremos asimismo de la ontología heideggeriana, que particulariza al ser humano como un ser ‘abierto’ hacia el ser, no sólo como un ser consciente que se encuentra en el acto de percibir y de ser consciente de su percibir, sino como el ente de los entes al que le está dada la pregunta por el ser, y de cuya manera de responder o eludir dicha pregunta, deriva su manera de situarse y configurar su proyecto, dado que a diferencia de otros entes susceptibles de percibir, el ser humano no tiene una forma dada, o si se quiere, la forma que le es dada es carecer en ciertos aspectos de una forma pre-determinada, lo que lo determina como un ser que ha de darse un proyecto.

 

Sin embargo, esta necesidad de darse un proyecto, particulariza al ser humano como un ente que puede mantener su apertura hacia el ser o bien darle la espalda a través de proyectos que lo sumergen en un olvido, negando con ello lo que forma parte de sus más esenciales posibilidades, pues si se trata de un ente cuya característica que le es más propia es la posibilidad de encuentro con el ser, obviar dicha posibilidad es dejar de ser en parte lo que potencialmente él es.

 

Por otra parte, siendo el ser humano  entre los entes al que le está dado plantearse la pregunta por el ser, y siendo el preguntar, el inquirirse, el aludir y el pensar todas actividades involucradas en el lenguaje, lo que lo singulariza fundamentalmente es su condición de habitar en el lenguaje. Por tanto, a partir de lo que le singulariza, el ser humano en su pretensión de conducir a un otro hacia un propósito u objetivo dado, necesariamente se vale del lenguaje, intentando a través de él un incentivo, un acompañamiento o un apoyo al desarrollo humano dado en la paideia o proceso de desarrollo de los seres humanos en sus primeras etapas.

 

Teniendo en cuenta la centralidad del lenguaje, hemos de considerar que este no tiene relación sólo con los aspectos discursivos y puramente racionales del ser, sino también con los aspectos emocionales, existenciales y vivenciales, de momento que todos ellos están involucrados en el significado, pues la relación del lenguaje con el significado hace de éste la esfera por excelencia donde puede producirse el encuentro del ser humano consigo mismo y con la realidad.

 

Sin embargo, la radicalidad de la visión heideggeriana consiste en haber caracterizado la situación del ser humano contemporáneo, ya anticipada y diagnosticada por Nietzsche, como un estadio avanzado de nihilismo, identificado por Heidegger como un estadio de olvido del ser, es decir, de un estado de olvido del ser humano acerca de su propio fundamento. Este olvido ha implicado para el ser humano el encontrase perdido entre los entes, o lo que es lo mismo, encontrarse en la condición de objeto entre otros objetos, condición heredada de una afirmación suprema del sujeto, que ha dado como resultado la ‘objetivación’ de todo lo ‘no-sujeto’, incluidos los sujetos distintos al sujeto que se ha autoafirmado de un modo absoluto, prisionero asimismo de un impulso ciego y destructivo de sí mismo y de su entorno que caracteriza al proceso tecnológico como un proceso devastador, a la vez que un mecanismo aprisionador de los seres humanos, que porta una propia lógica e inercia, muy diferentes de la pretensión del hombre contemporáneo de poder valerse de dicho proceso, ajustándolo a voluntad a sus propios objetivos e intereses.

 

Frente a esta situación, Heidegger plantea que la única salida es la vuelta a la trascendencia de una sociedad que vive en el nihilismo de la pura inmanencia, y que ha perdido de vista la condición integrada del ser humano a la trama de la vida y la muerte.

 

Esta situación nos presenta a sí mismo una era en la que el ethos, como un patrón de creencias y pautas de comportamiento comúnmente aceptadas, ha desaparecido, desapareciendo con él la condición necesaria de cohesión de una sociedad que preservaba su estatus comunitario de pueblo, de un modo distinto al que una sociedad alcanza su cohesión según la noción contractualista y burguesa del ‘contrato social’, que, de otro lado, muestra desde hace tiempo  su ineficacia e irrealidad; si bien esta situación no es nueva, formando parte de un ciclo reiterado de cultura y civilización -tal como indicara Spengler-, cuyo patrón identificable lo tenemos en el periodo moralista de decadencia de la civilización greco-latina, con los estoicos dándose a sí mismos una ética rodeados por una sociedad que ha perdido su patrón normativo.

 

Ahora bien, este patrón normativo no es recuperable a través de la pura voluntad, en un sentido nietzschiano, sino que requiere la actitud de espera de los filósofos -de aquellos que sienten una inclinación a amar y a buscar la sabiduría- de una vuelta a la trascendencia. Aunque, al contrario de lo que pudiese parecer, esta espera no es pasiva, pues la acción de esperar va unida a otras acciones y disposiciones asociadas a la esperanza activa, en la que el trabajo de los pensadores es abrir caminos u horizontes a la vuelta en los hombres de la apertura a la trascendencia.

 

Esta disposición involucra toda una ética, si bien un proto-ethos, quizás invisible para los nihilistas que a su vez han visto nihilismo en la declaración de Heidegger cuando señaló que ‘sólo un Dios podrá salvarnos’, tanto como para los funcionarios del pensamiento, para quienes las cuestiones más fundamentales no se tratan sino que de ‘metafísica’, como si todo lo que existiera no fueran sino ‘objetos’, en el sentido más físico y grosero del término. Justamente esta es la mentalidad dominante de nuestra época, y todos los desarreglos que podemos ver a nuestro alrededor tienen su origen y relación con ella.

 

En ese sentido, la superación del nihilismo y el capitalismo -como el ordenamiento socio-jurídico que le es afín (la explotación intensiva de todo lo que un sujeto autoafirmado considera ‘no-sujeto’ –incluido lo que en esta época se ha dado en llamar ‘recursos humanos’-), y del materialismo como religión de la no trascendencia, son tareas prioritarias para los pensadores que se aprecien de serlo.

 

Se ha sugerido, por otro lado, que el enunciado heideggeriano de que ‘el ser humano es el ente al que está dado el encuentro con el ser’ es demasiado vago, dado que no dice a qué pueda referirse o qué pueda ser dicho ‘ser’. Empero, esto pudiese no ser una deficiencia del pensamiento de Heidegger sino de la tendencia de un tipo de pensamiento a querer conocer las cosas a través de definiciones, siendo que el ser no puede ser definido, de lo cual no se sigue, como manifestarían los nihilistas epistémicos (o agnósticos), que el ser no se puede conocer, pues lo que sucede es sólo que no se puede acceder al ser a través de definiciones, sino que únicamente se le puede conocer a través de sus múltiples manifestaciones, entre las cuales los seres humanos nos contamos.

 

Ahora, este situarse del ser humano dentro de su propia significación es esencial, pues es parte del encuentro de éste consigo mismo, y parte de lo que Heidegger llama la ‘autenticidad’, opuesta a la inautenticidad derivada del olvido del ser, que encierra a los seres humanos en submundos de artificio, o mundos de fantasía y enajenación que él tiene por reales. Una enajenación no obstante distinta a la idea economicista de enajenación de Marx, y si acaso más cercana a la enajenación caracterizada por Guy Debord en ‘La sociedad del espectáculo’.

 

Por tanto, el resituarse del ser humano es una tarea ineludible para los filósofos, en tanto que signifique un acercamiento del ser humano hacia sí mismo y hacia una autenticidad que significa en último término, la disolución de ciertas imposturas, que traen consigo la cristalización de diferentes formas en las que un yo desbocado se aprisiona a sí mismo.

 

En este sentido, nuestra antropología filosófica tiene una conexión indisoluble con la libertad, entendida no como un hacer lo que a cada cual le plazca, pues justamente ese es el modo en que una sociedad mentirosa ha vendido la esclavitud (una esclavitud de las pasiones y la rendición a los poderes fácticos a cambio de pequeños placeres –‘narcisismo de la pequeña diferencia’-), sino una libertad significada por la sustantividad del responder, es decir, por la responsabilidad; lo que define al ser adulto como el ser capaz de hacerse cargo de sus actos, y por tanto como el ser capaz de elegir el bien, no entendido éste en términos morales de bueno o malo, sino como aquello que beneficia y no perjudica, lo cual abre caminos en lugar de cerrarlos, y lo que es enteramente distinto a hacer lo que a uno le place, tratándose más bien de buscar la acción correcta. Esto presupone un conocimiento y una capacidad de discernir lo correcto de lo incorrecto, lo beneficioso de lo perjudicial y una capacidad de obrar en consecuencia. Hacia esto debe apuntar, creemos, toda paideia, si bien ha de ser entendido además que en esto el ejemplo es de radical importancia, sin el cual el discurso es estéril, con la dificultad añadida de la inexistencia de un ethos o patrón de comportamientos comúnmente aceptado, todo lo cual implica un redoblado y constante esfuerzo de intertraducibilidad entre diferentes visiones, puntos de vista y escalas de valores (asumiendo también que muchas veces ésta sencillamente no es posible), más la situación reiterada de que respecto a muchas de estas cosas, lo que nos encontraremos la mayor parte de las veces es una carencia generalizada de planteamientos o reflexión. Por lo tanto, es justamente hacia ahí que debería apuntar nuestra paideia

 

 

 paideia

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