Reflexiones sobre Carlos Marx [Segunda parte]

Segunda parte del ensayo sobre Carlos Marx, la teoría de la plusvalía y un intento de actualización de su pensamiento, desde un punto de vista contra-académico. Pone el énfasis en la dilucidación conceptual.

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Reflexiones sobre Carlos Marx

[continuación]

III. Dilucidación conceptual de Marx y su crítica a la economía política.

Ahora bien, cabe la pregunta ¿por qué tanto interés en cambiar las cosas?. La respuesta podemos encontrarla en el dilema ético de la plusvalía ¿Es justo o no es justo que una persona concentre riquezas en base al trabajo de otra persona?

Para llegar al centro de la injusticia dicha, el texto Trabajo Asalariado y Capital nos propone comenzar por el concepto de trabajo. En el prólogo, Federíco Engels explica que, puesto que el texto al momento de reeditarlo ya había envejecido en relación a los últimos escritos de Marx, tuvo que remendarlo en una categoría central de toda la obra marxista para que así continuara manteniendo su función pedagógica. El cambio es un gran paso para el tratamiento del tema en cuestión, y Engels lo trae a colación desde todo el resto de la obra de Marx, incluyendo el Capital: el cambio del concepto de “trabajo” al de “fuerza de trabajo”.

¿Qué es el trabajo? Para la economía política clásica, el trabajo es la base de toda la producción. Es la base por ende, del progreso humano, y en sus brazos está la capacidad de autosatisfacer el hombre sus propias necesidades. El trabajo, decíamos, es el sostén de la humanidad, única mercancía que genera valor en la relación con el resto de las mercancías. El trabajo es lo que otorga el valor a la mercancía, o en stricto sensu, a la propiedad, puesto que es el trabajo el que genera la apropiación de la naturaleza por el hombre.

El trabajo, sin embargo, siendo el valor último en su ejercicio de todas las mercancías como tiempo trabajado invertido en ellas, pareciera ser la piedra de tope en el tratamiento de los problemas económicos. A la pregunta sobre el precio de un kilo de arroz se podría responder con la cifra $500. Pero al preguntar, dado que la base de la economía es el trabajo, sobre el valor en común que tiene el kilo de arroz y los $500 como valores de cambio, la respuesta de un economista liberal sería el trabajo invertido en ellos, y que se representan con el precio. Por ende, para el economista liberal, el valor de una hora de trabajo, por ejemplo, es absoluto. No puede su crítica penetrar en el valor del trabajo, cuando dice que el valor de una hora de trabajo es el valor de una hora de trabajo, tautología palmaria. Así, el concepto de “trabajo” es abstracto en la economía liberal clásica. No puede entrar el entendimiento de la economía más allá de su valor absoluto del trabajo como base, o mejor dicho, fondo último de toda la economía.

Marx, lo que hace, es humanizar esta relación, historizándola. Para Carlos, el valor del trabajo se puede calcular como el valor de cualquier mercancía. Las mercancías están condicionadas por una ley general, la de la oferta y la demanda, y una determinación  general, que son los costes de producción. Ya vimos que para los liberales es imposible responder a la pregunta sobre el valor del trabajo en abstracto. Para Marx, esto es más sencillo, y la vez, descubre todo un mundo de otras relaciones complejísimas.

En Marx, el trabajo en abstracto es imposible. Lo que hay, en cambio, es una fuerza de trabajo, que se conserva mediante el salario que para ella misma produce en virtud del ejercicio de su empleo. En otras palabras, el coste de la fuerza del trabajo equivale al coste de producción en cuanto promedio social de trabajo acumulado invertido en la formación de un obrero.

Veamos primero el coste de producción como determinación. Cuando empleamos la palabra determinación, nos referimos con ella a la posibilidad de enmarcar una cantidad de variables posibles de concretarse, en base a las condiciones presentes. Las determinaciones encierran las posibilidades reales del futuro, y como determinaciones humanas, son pensadas por el individuo -término de segundo orden en la obra de Marx- en virtud de su propio presente, único tiempo vivible del cual su pasado y futuro son exteriorizaciones. Los costes de producción, en éste sentido, determinan: colocan límites a la producción.

La ley general de la oferta y demanda, en cambio, en el mercado, trabaja condicionando. En otras palabras, es la base para lo que puede suceder. Al igual que la determinación, la condición funciona como la constante en que, dentro de las determinaciones, confluyen en acto las variables que hacen real una de las posibilidades determinadas. En el caso de las mercancías son los precios los cuales son productos del actuar de las variables que confluyen dentro de las determinidades de los costes de producción.

La ley de la oferta y la demanda tiene tres partes constituyentes (para quien no la conozca, será necesaria esta explicación a manera de repaso como cultura general). La primera parte refiere a la lucha intestina entre quienes ofertan sus mercancías. La disputa de los oferentes produce la baja de los precios. En términos concretos, podemos verlo en la cotidianidad, cuando las diferentes cadenas de supermercados bajan sus precios para dejar sin demanda a la otra cadena de supermercados. La disputa de precios entre dos o más términos hace bajar el precio promedio en el mercado. Al contrario, cuando existe sólo un término, o sea, un monopolio, éste puede subir los precios a su antojo (como lo que sucedió con las cadenas farmacéuticas en nuestro país). La segunda parte dice relación a la disputa entre los demandantes. Los demandantes se disputarán  las mercancías en la medida que estas sean escasas o tengan un valor agregado, puede ser de carácter o cultural o cualquier otro. Un ejemplo son las subastas o las salidas de los productos tecnológicos como los celulares o las consolas de videojuegos. Una pelea entre dos o más términos (por ejemplo, dos personas por una consola de video juegos), hace que el precio suba. El tercer término es la disputa entre los unos contra los otros. Es la disputa que sintetiza, finalmente, la tendencia de cada cual a subir o bajar los precios. Se puede representar con la ida a la feria de los sábados de uno mismo y “la nacional petición de yapa”, o el nacional arreglo de la romana por parte del vendedor para que muestre más peso del que hay en la bolsa con los tomates.

Los precios, por su parte, son la representación nominal del valor de cambio de una mercancía. En el caso de las mercancías comunes, o sea, las que no generan valor por sí mismas (llamadas también capital constante), la relación entre precio, condicionado por la ley de la oferta y la demanda, y sus costes de producción son los que determinan la caducidad de una empresa comercial. Así, si la oferta y la demanda determinan que los precios están por sobre los costes de producción, una empresa comercial no es rentable y por ende, debe desaparecer, migrando sus capitales hacia otras ramas de la economía. Al revés, si los precios son muy beneficiosos respecto a sus costes de producción, o sea, es la empresa muy rentable, ésta deberá expandirse hacia otros mercados, contratará más fuerza de trabajo, mejorará las máquinas, etc.

El salario es el nombre especial que se ocupa para el precio de la mercancía fuerza de trabajo. La fuerza de trabajo, como única mercancía que es capaz de generar valor, o capital variable, es peculiar respecto al resto de las mercancías. Así el salario, aunque de igual manera es determinado por las condiciones del mercado laboral, tiene él mismo otras determinaciones particulares por pertenecer a un mercado en el que, dicho de manera sencilla, se compra y vende la fuerza de seres humanos de carne y hueso, con voluntad, inteligentes, con consciencia y a veces pillos. Todo esto lo hace mucho más complejo, porque, con decir que hay una mercancía -¡Atención!-, que como tal participa en la producción de mercancías, pero que no corresponde a su naturaleza, va empujando el problema hacia otros campos: las ciencias sociales. Por eso la crítica es desde Marx a una economía política, y no sólo a una economía a secas: porque la economía después de Marx tendrá por fin último al hombre… pero también por único principio y todo medio. En otras palabras, lo que hace es historizar sus términos, tomados como abstracciones en el pasado. Lo que hace es abarcarlos donde se deben abarcar, recorriendo una historia política, económica, que antes no se daba por aludida, pero que ahora se abarca desde la totalidad (imaginémonos una bola de bowling recorriendo una pista, que antes no conocía, pero que ahora la tiene adentro, la construye, la hace Historia, autoconsciencia de sí mismo). Es el conflicto elevado a la conciencia. Marx, coloca, ocupando sus términos, o sea, la racionalidad científica moderna, la realidad económica (o sea, culturalmente, la tradición teórica) en contraposición al relato de quienes, ¡oh, sorpresa!, eran justamente aquellos que ganaban con esa situación, aquellos que ya habían hecho su propia revolución, subiendo a la conciencia de la Humanidad su humanidad, en tanto construcción: me refiero a la burguesía capitalista.

Elevando el conflicto social a la conciencia, Marx pavimenta el camino para que se convierta en las actuales ciencias sociales.

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Pero estábamos hablando de los salarios. Mejor dicho, del término “salario” en la economía política de Carlos Marx. De partida el salario tiene tres tipos y dos límites en relación a las mercancías. Los tres, para Marx, tienen que ver con la percepción del salario, por quienes lo perciben, y su validez en tanto valor de cambio dentro de los marcos del mercado y sus fluctuaciones. El primero lo llama salario nominal. Es el tipo de salario que se reduce a representar cuantitativamente, en dinero, su valor de cambio. Por ejemplo, el sueldo mínimno nominal es de $175.000. Como tal, está sujeto su valor de cambio al valor mismo del dinero como objeto representativo del valor de cambio como precios. El segundo es llamado salario real. Es la equivalencia del salario en un momento determinado con el resto de mercancías en el mercado. Es igual a decir lo siguiente: todas las mercancías para las que alcanza un determinado sueldo. Por esto, puede y suele acaecer que al subir un salario en términos nominales, por ejemplo, el salario mínimo chileno de $175.000 a $180.000, en realidad, dado que la vida en Chile se ha encarecido, haya sucedido que tras la apariencia de una alza, ésta no pase de serlo sólo en términos nominales, bajado el salario real (O sea, es, en el fondo, lo que mide el IPC, que lo que busca es, mediante la recolección de promedios de precios de productos de una canasta de mercancías habituales y necesarias, atajar los valores relativos que se dan en el mercado, para así poder regular el mismo mercado, modificando desde los organismos financieros, factores regulables, como, por ejemplo, las tasas de interés de los bancos, con el fin de evitar un descalabro general). El tercer tipo de salarios, y el más importante para quienes vivimos en sociedades estructuralmente desiguales,  es el de tipo relativo. Como anticipo de lo que veremos más adelante, diré que el lugar del salario del obrero y de la ganancia del capitalista en el producto como mercancía es el mismo, razón por la cual son aquellos dos términos inversamente proporcionales (o dicho en chileno, duermen en una misma cama, con una sola frazada, o sea, la calefacción de uno es el frío del otro). El sueldo relativo representa la evolución histórica del salario, respecto a su contrario, la ganancia del capitalista. Cuando en una época, las relaciones sociales de producción cargan la balanza sostenidamente hacia la ganancia del capitalista, en detrimento del salario, o en otras palabras, en razón del capital en contra de las fuerzas de trabajo productivo, tendremos una sociedad en la cual el poder económico está en muy pocas manos, y la distancia entre el valor real del salarios de un obrero, respecto a la ganancia de un empresario, se convertirá un abismo insondable.

De estos dos términos, los dos límites que tienen como determinaciones de su precio, a diferencia de la mercancía, están en la producción. Cualquier volumen financiero, debería, en un momento, traducirse en mercancía real. Aunque en este punto podría quedar de manifiesto una arruga en la teoría marxista, me parece que no se ve transfigurado por la nueva economía mundial radicalmente. Se puede seguir acudiendo a Marx. No por romanticismo, sino porque la diferencia no es cualitativa entre el sistema de la plusvalía pura que explicaré en adelante, y la especulación financiera actual. Es la extremación de las condiciones, una apertura de la desigualdad hasta el abismo. Pero todo eso, traducido a la vida, me parece redundar en una característica especialmente puesta de manifiesto por Marx: la concentración del capital, la cual ha traspasado los límites estrechos de la industria.

Creo que, en este tema, el elemento especulativo elude el cálculo que explicaré, y bien podría alguien decir que se escapa de la teoría de Marx. A mí me parece, en cambio, que una extremación puede llegar a ser la negación del todo, o sea, todo lo contrario a lo que era. Pero el recorrido, actualmente -recién se cumplirán 200 años de las revoluciones liberales- me parece aun no haber llegado al salto cualitativo. Al contrario, la actualidad de Carlos “el cabezón” Marx, reside precisamente en que la extremación de ciertos elementos opaca a algunos, pero refuerza a otros. La teoría de la plusvalía es, a mi entender, replicada hoy a gran y a pequeña escala, en todo proceso productivo, y lo confirma el noticiario todos los días, porque es la base en el conflicto de las luchas sociales de tipo económicas. Como plusvalía general de clases, tanto como plusvalía particular, relativa o absoluta.

Como dijimos, mostrando precozmente una de las conclusiones a las que queremos llegar, el salario y la ganancia son inversamente proporcionales, pues se pelea el mismo hueso entre ambos. Por lo tanto, el límite superior de un salario, es igual al salario posible dentro de una relación en la que no existiera un término opuesto, donde se eliminara la ganancia del capitalista. Ahora bien, esto es un caso hipotético que jamás se daría en una sociedad capitalista, pues al eliminar la participación del capital en la rentabilidad de un proceso productivo se le está sacando el alma al modo de producción capitalista. El otro extremo es el salario mínimo para la conservación de la clase de trabajadores. Éste mínimo está determinado por la época en que la clase obrera se desarrolla. Por ejemplo, puede agregársele a las mercancías para la satisfacción de necesidades primarias, objetos culturales como libros o tecnológicos como un computador, simbólicos como zapatillas de marca, etc. En general, en la mayoría de los países, y también en Chile, el sueldo mínimo se decreta por ley, según la diferencia entre la variable Índice de Precios al Consumidor y el salario nominal. El IPC en Chile -nuevamente-, es el equivalente a lo que debería ser un salario real mínimo para la autoconservación de un trabajador chileno, y por tanto, de todos los trabajadores chilenos y sus familias (de más está decir que cuando las cifras del IPC al terminar un año han sido por mucho negativas, la compensación como reajuste del salario mínimo no subsana el año de penurias que vive una familia trabajadora en cualquier población de la región, puesto que, el vivir al límite el final del mes, es más que una cifra: también es una realidad cargada de simbolismos y construcciones culturales, por lo cual todo reajuste es sólo una medida acomodaticia que en el paso de los años sedimenta el descontento cuando no representa más que una paliación muy parcial).

El salario como mercancía o precio de la mercancía fuerza de trabajo, se mide en términos sociales. Ya dijimos al comenzar que no era para Marx una figura sino vacía la individualidad a la que apunta el liberalismo. Además, agregaremos que la unidad de medida (como los Grados Celsius, la Escala de Richter), es el tiempo. Por ende una hora social promedio es igual al salario equivalente al valor que un trabajador promedio añade a otras mercancías mediante el uso de su fuerza de trabajo. Si en una hora el trabajador promedio añade a la mercancía $1000, esto implica que el valor de una hora de trabajo de un trabajador promedio será de $1000. O en otras palabras, la hora de trabajo social costará, en términos muy generales, $1000.

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La determinación del precio de una hora social promedio de trabajo productivo en una sociedad está marcada por la ley de oferta y demanda de fuerza de trabajo. La ley de oferta y demanda, de esta manera, interviene también en la determinación del coste de la hora social promedio, sin dejarle espacio a la arbitrariedad. No hay casos de arbitrariedades en general, dentro de las economías, sino en sus momentos particulares. Al igual que en el caso de las mercancías, dependen de las disputas entre oferentes, demandantes y entre unos y otros. Los oferentes en éste caso serán quienes dispongan de la fuerza de trabajo y la quieran vender por un sueldo determinado. Los demandantes serán los capitalistas. La expresión más notoria de la lucha intestina entre los oferentes de la clase trabajadora son los índices de cesantía de cada país. La cesantía tiene su origen en la disputa entre oferentes y es la que, en la medida que le muerda los talones al último trabajador contratado, baja los sueldos en general o petrifica, por miedo al despido, las posibilidades de acción de la clase trabajadora. Al revés, la sindicalización es una de las formas en que se subsanan las disputas entre la clase trabajadora.[1]

Hipotéticamente el coste mínimo de subsistencia, en éste sentido, así como todas las mercancías que la producción ocupa, se pueden calcular en virtud de sus precios, haciendo el cambio de valor nominal a horas de trabajo social promedio. Por ejemplo, si está a $1000 la hora social promedio, una cajetilla de cigarrillos que cuesten $1500, costará una hora y media de trabajo social promedio. Digo hipotéticamente porque, para que sea real este cambio ideal que nosotros estamos haciendo entre un valor y otro, deberían mantenerse estables las distintas variables, factores y agentes económicos, lo cual es imposible como detener el tiempo.

Para resumir éste apartado, podemos concluir con Marx que si el coste de conservación y reproducción de la clase trabajadora en general, dentro de un determinado trecho de la historia de su sociedad, cuesta, verbi gratia, $4000 diarios, esto implicaría que, si la hora social promedio de trabajo productivo está a $1000, las horas de trabajo necesarias para la conservación y reproducción física y cultural de la clase trabajadora serían solamente cuatro.

Ahora bien, ¿Están estos conocimientos al alcance de la mano para un trabajador promedio al momento de firmar un contrato, que a su vez fija un monto nominal de salario y una jornada de trabajo determinados? ¿Se detendrá el “hombre libre” de la sociedad burguesa, y reparará en cuestionarse su trabajo bajo el prisma de estos sencillos cálculos, como respecto al valor de la mercancía y la manera en que él agrega valor a ésta, con relación al precio de su labor? ¿O es a caso el trabajador libre individualizado de la sociedad burguesa no más que quien tiene la conciencia no de su producción real, sino de la producción de su salario para sí mismo, y por ende no repara en los engaños y trampas que le pone el mercado?

La trampa es la siguiente: ningún trabajador que siquiera se acerque en su humilde individualidad, supuestamente libre, a las características de nuestro trabajador promedio, reparará en cálculos simbólicos como los que hemos intentado realizar en los párrafos anteriores. Por ende, como clase, caerá infinitas veces tras la misma piedra hasta que no dé cuenta de lo que en sus músculos y su sangre contiene como ser humano trabajador, como dador de valores a las mercancías. Funcionará, enajenadamente como una cosa más, como una mercancía más, porque las cosas así son y así es la naturaleza de las cosas. La enajenación sucede cuando la cosificación del propio trabajador se naturaliza. El contrato y sus condiciones, en términos generales, están dados, así como la amplia batería de aspectos simbólicos que los rodean y sostienen, en tanto construcción.

Para desnudar -y desanudar- el autoengaño, la trampa que a la supuesta libertad individual -no me cansaré nunca de refutarla- pone el liberalismo, dejemos la bala pasada con el siguiente ejemplo:

Un trabajador firma libremente su contrato para trabajar 8 horas diarias. Las fluctuaciones de la cesantía, las traiciones sindicales y el mercado laboral, como expresiones de la ley de oferta y demanda han determinado, como determinan el precio de todas las mercancías, independiente de las voluntades de los agentes económicos, que un sueldo promedio para su labor, cualquiera sea ésta, es de $5000 para su jornada diaria. Por otra parte, el coste para la mantención de la vida diaria es de $4000. Y tengamos por presupuesto que la hora social promedio de trabajo productivo es igual a $1000.

Veamos ahora donde está el conflicto ético, qué es la plusvalía y dónde está la ganancia del empleador.

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