Reflexiones sobre Carlos Marx [Final]

Última parte del ensayo sobre Carlos Marx, la teoría de la plusvalía y un intento de actualización de su pensamiento, desde un punto de vista contra-académico. Pone el énfasis en la aplicación de la visión político-económica de Marx, para finalizar explicitando la filosofía propia.

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Reflexiones sobre Carlos Marx

[continuación]

IV. La racionalidad moderna contra sí misma: aplicación de la crítica.

Como dijimos en el apartado II, la distribución para Carlos Marx es en tanto momento de la producción general, anterior al acto de la producción de mercancías misma en la medida que se puede aplicar dicho concepto a la distribución de los medios de producción y no sólo de las mercancías resultantes. Históricamente, Marx vio en su época la conformación de dos clases económicas y sociales delimitadas por aspectos que se iban dibujando cada vez más claramente, relacionados al apogeo de la revolución industrial, lo cual que conllevó el nacimiento de los movimientos obreros en las ciudades.

En el contexto de esta nueva organización de la sociedad europea, Marx puso especial énfasis en el rol de la propiedad privada, pero ya no sólo de las mercancías particulares, sino sobre todo de los medios de producción para éstas mercancías: la propiedad privada de los medios de producción.

Se percató que aparecían como ya distribuidos y no arbitrariamente. La Historia del mundo los puso en uno y otro lugar, mediada por el núcleo y motor del avance histórico: la lucha de clases. En otras palabras, historizó los términos técnicos de la economía.  Afirmó que no eran expresión de la “naturaleza del hombre”, o de los hombres, como lo pensara el viejo Aristóteles. Y en virtud de esa diferenciación, se dio cuenta que ni el capital ni la fuerza de trabajo, ahora bajo la figura del trabajador libre asalariado, podían permanecer en la historia sino se empujaban mutuamente. Éste caminar por la historia, a diferencia de los formalistas y kantianos, no podía ser sino la Historia como tal, a la manera de Hegel. Así como para Hegel, a diferencia de Kant, no hay espacio vacío o tiempo vacío, como instituciones mecánicas, porque el tiempo es también, como todo, una exteriorización del sujeto de la Historia, para Marx no hay historia sin sujeto, y el sujeto es la sociedad en contradicción. La negatividad de la diferencia entre unos y otros, que entre otras cosas se ve expresada en la diferencia relativa de la participación en los frutos del proceso productivo general, y el conflicto consecuente de la conciencia de la diferencia, es lo que hace andar la historia. De acá, y solamente bajo estas premisas, es comprensible el encabezado del manifiesto comunista, respecto a que toda la historia de la humanidad es la historia de la lucha de clases.

La participación en los frutos de la producción humana por unos y otros, se representan en dos términos que se encuentran en el precio de las mercancías todas: el salario -explicado en el apartado III- y la ganancia. El sentido común nos dice de la ganancia que es aquella porción del precio con la cual se queda el capitalista al vender la mercancía. Es la parte de lo que se vende que llega directamente a sus bolsillos.

Ahora bien, la tradición filosófica y científica nos informa que el sentido común engaña. Y es probablemente el mismo sentido común que nos engaña a nosotros el que engaña a nuestro trabajador promedio al firmar el contrato que determina su jornada laboral. Es común pensar que la ganancia nace de un añadido antojadizo, cuantificable en cada caso, que el empresario añade al precio de su producto al ofrecerlo en el mercado, el cual depende, incluso, de su habilidad como charlatán al ofertar. Algo así como: si el capital constante junto a todo lo necesario para su mantención de las máquinas, más el salario de todos mis trabajadores me dan determinado monto en un artículo, por ejemplo $600, esto será su coste de producción, y mi ganancia estará en vender ese producto, no a $600, sino a $700 ú $800. Pero eso es falso, porque el sentido común nos engañó nuevamente. La teoría de la plusvalía, a la que queremos llegar, refuta este elemento del sentido común. Todavía, hasta este momento, el dilema ético se podría traducir en lo siguiente: “el capitalista podría ser mala persona, porque vende las mercancías a precios más altos o porque detenta todos los medios de producción de mercancías y no se los presta a nadie”. Pero el que un empresario sea, en jerga chilena, “manito de guagua”, no es lo que nos quiere decir Marx. Eso es fácil, es lo que podrían criticarse los liberales entre ellos. Los liberales más igualitarios, los radicales, como Proudhon, ya lo dijeron. Es la crítica de los libertarios también, la crítica del colectivismo y el comunismo anterior a Marx. Pero no es suficiente.

La teoría de la plusvalía no se basa en presupuestos morales. No dice que algo es malo o bueno. No dice “el capitalista es malo”, nada de eso. Dice que pasa “algo” en la mercancía, “algo” en las sociedades humanas que han llevado a cabo los sueños ilustrados, un “algo” no previsto, que sorprende al sentido común, y que ese “algo” no lo pueden desmontar. No está hecho de palabras como el superhombre de Nietszche, no lo pueden borrar o quemar como un libro, o un panfleto radical de alguno de los transgresores de la época. No pueden eliminarlo, porque detrás de las palabras (de las que tanto se preocupan últimamente los filólogos de las posmodernidad), está ahí. No es “El origen de la desigualdad” de Rousseau. Está puesto ahí por la historia (ni por Rousseau, ni por nadie en particular), pero está dado a la racionalidad parida por la misma, al sentido común, a la ideología: es “algo” objetivo (o sea, responde a la racionalidad del mismo mundo que lo hace posible).

De hecho, con los elementos necesarios, lo vamos a entender de inmediato, porque el sentido común nos permite razonar de la forma en que lo expondré. No van a sentir “alarmas de danger” cuando lo lean[1], porque entra por donde entran todos los elementos mundanos. Porque ocupa la razón, la recorre, la aplica para negarla en la práctica política (de hecho, ya nuestro mundo no es el de Marx, pero no gracias a Kirkegaard).

Lo que no tiene a mano el sentido común son los factores que determinan los precios en el mercado, mediante los cuales ningún precio es antojadizo. No hay precios arbitrarios en el momento en que una mercancía sale a la venta, como lo explicamos en el apartado anterior. La dilucidación conceptual que hicimos, nos hará llegar solos a la conclusión.

¿Cómo puede obtener entonces el empresario la ganancia sin añadir nada al precio de la mercancía? Mediante la objetivación para sí de fuerza de trabajo ajeno ¿Cómo?

En el apartado anterior, teníamos que el trabajador promedio iba a tener como sueldo diario $5000, lo cual excedía en $1000 el coste para su conservación y reproducción. Como el trabajador va en busca de sueldo que le permita comer, tirarse en su cama, compartir con sus amigos, ver tele en un plasma, o sentarse en la mesa del bar de la esquina de su casa, no sabe ni le interesan éstas relaciones. Entonces, firma un contrato en el cual trabaja 8 horas diarias. 8 horas en las que, como hablamos de trabajo social promedio, incluso estarán incluidos todos los intentos de sacar la vuelta, las licencias médicas truchas, los hurtos de elementos que sacará del trabajo, o las horas en que no vuelva a trabajar tras sus miserables 30 minutos de colación. All included.

Pero, si se dan cuenta, acá falta algo. Algo no calzó en los cálculos de Carlos Marx. Si el obrero trabaja, por una determinación externa a él, por $5000 diarios, durante una jornada de 8 horas, a una hora de trabajo social promedio que cuesta $1000, ¿Qué pasa con las otras 3 horas en que el trabajador completa su jornada laboral? Éste momento del día de nuestro trabajador promedio, es lo que llamaremos plustrabajo. El plustrabajo es el momento en que el trabajador emplea su fuerza de trabajo gratis sin saberlo. Es cuando le añade en forma de valor a la mercancía la ganancia para quien sólo pone a su servicio los medios de producción que a él le fueron dados –por obra divina o ley natural-. Es el momento, no de un robo, pues el robo implica violencia y resistencia, y no en todas las sociedades los sindicatos encarnan el espíritu de las justas reivindicaciones de los trabajadores (sino preguntémosle a los traidores de la CUT en nuestro país). Es el momento del engaño, la usura, que solo permite la libertad burguesa de una sociedad donde se pone el tilde en el individuo como productor de riquezas, para que, sin saber que está en plena disputa contra sus propios pares, “tire cada uno para su santo”.

Pero el plustrabajo es una categoría que aun no es ganancia para nadie. Es el momento vivo de la ganancia. El trabajador, sin saber ni molestarse, ahora mismo está trabajando gratis. El plustrabajo representa el tiempo no pagado, la futura ganancia, pero in act. El plustrabajo es lo que generará el plusproducto, lo cual equivale a la categoría que encierra todo lo que el trabajador objetivó en los momentos en que NO recibió un salario.

El plusproducto, es plusvalor que se representa en el precio final, del cual no participa el trabajador. En otras palabras, el trabajo que no le pagan al trabajador esta puesto en el precio normal de una mercancía, regulado por la ley de la oferta y la demanda, no por el capitalista al momento de comerciar del producto. El capitalista en tanto comerciante -o simplemente el comerciante-, por decirlo de alguna forma, está subyugado, para sobrevivir en el mercado, a dicha ley del mercado, por lo que no puede subir los precios arbitrariamente sin perder capital al mismo tiempo. Podríamos decir, dada la construcción valórica capitalista-liberal, que ni siquiera podría subirlos, porque perdería, en términos de Bourdieu, capital simbólico. O sea, no le  conviene. Por eso, dice Marx, la ganancia el capital la extrae de otro lugar: de los pulmones ajenos.

De ésta forma, el capitalista obtiene ganancias vendiendo una mercancía a su valor, ni más ni menos. La plusvalía puesta por el trabajador en la mercancía sin quererlo, sólo bajo el imperativo de mantener su forma de vida funcionando, y probablemente una familia a cuestas, finalmente termina decantando en el bolsillo del capitalista.

La comprobación científica de esta realidad propuesta por Marx es que ésta es la única posibilidad real de ganancia asumiendo la ley de la oferta y la demanda. Ocupando la lógica de los mismos beneficiados, la pone en jaque. Claramente, la teoría no sirve de mucho: Marx no apunta a teorizar como pasatiempo favorito, Marx al mismo tiempo fue militante, el más militante, justamente porque llegó a estas conclusiones. La tasa de ganancia, por ende, depende de las condiciones históricas de la fuerza de trabajo en tanto mercancía de una clase determinada: la de los proletarios.

Por ésta razón, la ganancia y el salario son términos inversamente proporcionales. ¿Por qué? Porque aquel valor que produce el capital variable en la mercancía, es todo lo que se puede disputarse entre los dueños de los medios de producción de mercancías[2] y los productores directos de las mismas mercancías.

Pero dije que quería aplicar todos estos conceptos. Así que, para cerrar éste artículo, expondré el siguiente cuadro, ilustrando lo que acabo de exponer mediante datos hipotéticos.

Ítem Valor nominal
Hora de trabajo social promedio

 1hr = $1.000

Jornada laboral

8hrs = $8.000

Capital variable (en valor agregado en una jornada)

$ 8.000

Capital constante (diario)

$ 7.000

Valor de la mercancía

$ 15.000

Participación en el producto
Precio fuerza de trabajo (jornada)

$ 5.000

Tasa de ganancia

$ 3.000

Reproducción de capital constante

$ 7.000

Relación hipotética salario-ganancia
Tasa de ganancia por número de empleados igual a 100

$ 300.000

Diferencia (relatividad del salario)

1 a 60

Como pueden observar, la distancia en la relación entre uno y otro es abismal. Si pensamos que hoy en Chile, el 10% más rico gana en promedio 78 veces más que el 10% más pobre[3], podremos darnos cuenta de la actualidad tanto del análisis de Marx, como de sus ideas políticas. Si bien, el análisis que expuse es imposible de aplicar en la realidad (porque implicaría el detenimiento total del movimiento de los agentes económicos), podemos darnos cuenta que, si imaginariamente lo detenemos, y le sacamos una fotografía por así decirlo, el resultado no sería por mucho distinto al de éste análisis hipotético.

Espero haber cumplido con el rol pedagógico explicativo de éste humilde ensayo. Con que alguien haya llegado hasta aquí, me doy por pagado. Espero abierto las críticas correspondientes a mi exposición.

 

 V. Crítica y actualización: rejuvenecer el pensamiento crítico en nosotros.

Porque los 60’s son los 60’s, hay que mandar a “cada loco pa’ su santo”. A Lenin lo que es de Lenin. Esto es otra cosa. Si bien, no tengo las herramientas para un análisis detallado del momento actual de la producción en Chile y en el mundo, y pecaría de arrogancia si dijera que en mis palabras está la única verdad (como lo dicen otros, quienes creen entender el funcionamiento del mundo y toda la economía sólo en base a ciertas frases cliché, sacadas de los últimos escritos de la nueva economía), y admitiendo que hay una infinidad de problemáticas que sinceramente no comprendo porque no las he estudiado; aun así creo que puedo ver, sin lentes “ideológicos”, algunos elementos que podrían poner ésta teoría en la cuerda floja.

El primero de todos los argumentos que podrían argüirse contra el fondo del discurso expuesto, es el de la desintegración de los sujetos colectivos. Los sujetos transindividuales -dicen- llamados por la tradición bajo el nombre genérico de pueblos, parecen hoy batirse en retirada de la Historia. Éstos constituían la base que encarnaría la nueva época que comenzaría con Marx, tras rebasar la razón capitalista de la modernidad. La negación que constituiría el socialismo respecto del capitalismo, que consiste en recorrer la racionalidad hasta su propia negación, se sentaba en Marx en el crecimiento del proletariado en términos cuantitativos (explosión demográfica, migración campo-ciudad, crecimiento de la industria, etc.) y cualitativos (calificación, concientización de las masas, unidad de la clase trabajadora, etc.), hecho palmario para su época: augurio promisorio que lo disculpa de sus aseveraciones políticas menos afortunadas, contrarrestadas por nuestra época, por nuestra vida y su desarrollo. Nada de lo que tenemos hoy estuvo siquiera entre los sueños de Marx, eso debemos tenerlo claro. Sobre eso, el fracaso de las soluciones de las izquierdas, producto de las lecturas ilustradas de Marx (lo que tradicionalmente llamamos “marxismo leninismo”) dio paso a instituir en el sentido común, construido por la ideología dominante como falsa conciencia, la percepción de una nación o un pueblo, como una mera colección de individuos. De ésta manera, las clases se disuelven en la individualidad, quedándose en los museos de la historia como construcciones ideológicas pasadas, construcciones que alguna vez afirmaron algunos grupos humanos para su propio beneficio, sin haberse estas realizado como tal en ningún capítulo de la historia humana.

Sin embargo, vista la crítica, afirmaré todo lo contrario. Justificaré mi propia visión de Marx (que ya he ido dando por borbotones sin que se dieran cuenta, puesto que no fue nunca mi intención haber hecho un mero comentario). Creo que desde hace demasiado tiempo, la miopía impide ver más allá de las narices, más allá de la pulsión consumidora de las gentes, antes llamadas masas, las que sin embargo, se siguen comportando como masas… pero como masas de hornear en los shoping centers, los malls, hábitat natural del consumo que consume, parafraseando a Moulian.

 *             *             *

Por otra parte, la proliferación de hitos en el avance de la ciencia aplicada a la industria, la tecnología, que sin lugar a dudas le han dado al proceso un carácter revolucionario (proceso que fantasiosamente se ha vinculado ala entelequia neoliberal, intitulada muy humildemente por sus apologistas como “Sociedad de la Información y el Conocimiento”), parece cambiar las formas de articulación entre los -muy entre comillas- “individuos” (los individuados, debería decir en relación con la Historia, o los individualizados, en relación con la clase de los capitalistas, porque el individuo es otra quimera de la modernidad tardía), situación ante la cual una de las soluciones dadas por Hardt & Negri es desembarazarnos del viejo lastre del concepto de pueblo, trocándolo por el de multitud, única posibilidad teórica de enfrentarnos al imperio mundial que ya desplazó al antiguo imperialismo descrito por su Lenin -fotografía de efigie monumental …pero en “tamaño carta”-, teórico y personaje[4] contra el cual lanza su crítica.

Además, las condiciones de tercerización del trabajo, la proletarización de los profesionales, -o aquello que a ningún crítico de izquierda le gusta ver- el mayor bienestar y la profesionalización del proletariado, parecen dejar a la plusvalía en el último lugar en importancia teórica actual para las clases subalternas que viven la lluvia de migajas del famoso producto nacional (“Si es chileno, es bueno”, dijeron por ahí) del chorreo piramidal[5], y un poder económico cada vez más concentrado a nivel mundial. Hoy las grandes empresas contratan a pequeñas empresas que contratan a los trabajadores, arruinando sus posibilidades reivindicativas sindicales.

Mi hipótesis desde lo poco que he estudiado a Marx, es la siguiente: la única manera de recuperar el sentido histórico de nuestros actos es desembarazarnos, primero, de las críticas meramente formales de la postmodernidad que impiden ver que todo lo que hacen los ricos y poderosos a nivel mundial si tiene un sentido en la historia, y que éste sentido es contrario al de las amplias masas de productores directos. Productores directos que engrosan cualquier capital: económico, cultural o simbólico. Por otra parte, la teoría de la plusvalía, recordemos, no es una teoría aplicable a las individualidades dispersas, sino a los sujetos colectivos en tanto que mantiene una comunidad de cualidades. En este sentido, la comunidad de intereses entre unos y otros, me parece que aun se da entre a) los trabajadores tercerizados, b) los trabajadores regulares y c) los micro, pequeños y hasta medianos empresarios. Esto puesto que, como lo plantea Marx, el salario relativo se amplía en su diferencia en la historia, se ensancha como un abismo, razón que deja mucho más cerca de los trabajadores a la gran mayoría de las empresas pequeñas. Incluso, me atrevo a decir que, de no ser por el espíritu competitivo del sistema neoliberal, carácter impuesto simbólicamente mediante la naturalización de su discurso entre la ciudadanía, estarían mucho más cerca del colectivismo, mucho más de lo que nosotros creemos. Lamentablemente, si bien en términos económicos relativos a la concentración extrema de la riqueza, estas están más cerca de los trabajadores, en términos subjetivos están por muchos más cerca de sus empleadoras empresas superiores. Sin embargo, me parece que deben estar en las consideraciones políticas de la clase social de los trabajadores y sus instrumentos orgánicos.

La teoría de la plusvalía es general, razón por la que bien puede aplicarse al grupo social de los trabajadores para que ellos se vean en ella a sí mismos en nuestra época, como en cualquier época en la que persista el sistema de salarios. Porque se puede ver en cada persona natural, en cada trabajador individuado, como también en cada persona jurídica, o sea, cada empresa, subyugada a la relación asimétrica de la explotación de las grandes empresas transnacionales. En este sentido, la ley de la plusvalía, debería tomarse como una ley general, aplicable al trabajo asalariado no en relación “al capitalista”, sino, como ya lo planteó Marx, al capital[6].

Por esto, lo interesante de rejuvenecer a Marx un día como hoy es recuperar la noción de sentido en la posibilidad del cambio, la propia posibilidad de cambio, y el deber de cambiarlo. En otras palabras, la necesidad del cambio mediante la política. Necesidad no como lo tomaron todos quienes nunca leyeron en el Capital la línea en que Marx le da a la estructura económica la posibilidad de determinar la historia en última instancia y sólo en última instancia, y le dieron un peso inexistente en su obra, al determinismo histórico. Me refiero a la necesidad como determinación del sujeto, o en otras palabras, necesidad como certeza de un grupo humano respecto a una situación que tiene que cambiar en virtud de un bien colectivo. Me refiero a la mera posibilidad de cambio social, ante la cual, si hacemos bien las cosas, el día de mañana nos podremos enfrentar a la manera en que el motañista victorioso enfrenta su derrotero.

La plusvalía es la base de la usura y el robo de nuestro trabajo, y el ejercicio de nuestra fuerza de trabajo, la trampa mortal que en el capitalismo nos va enajenando en la medida que nos quita la posibilidad de dirigir nuestra propia nave. Para los que no entienden de otra forma, es eso lo que es, así comúnmente lo llaman: robo. En éste momento del capitalismo, donde los mercaderes ponen su bota en el Medio Oriente, en el África, en el Caribe, e intenta pisotear los nuevos procesos sociales latinoamericanos, y pone como último recurso, bajo el escritorio presidencial, un rojo botón nuclear, es menester tomar conciencia de que nosotros con nuestra pasividad hemos aportado mucho más que los propios empresarios a la concentración del poder político y económico, pero que dado que nada está dado, nada es natural, todo está puesto por nosotros en distintas épocas, también podemos remendar este traspiés.

En este sentido, debemos tomar consciencia de que la Historia no guarda ningún deber con nosotros, con los marginados de todas las épocas. Nada guarda ninguna relación con nosotros más que nosotros. Nadie nos perdonará, sino sólo nuestros hijos, nuestra resistencia a comprender la inmensa fuerza que sostiene nuestra situación histórica; nadie nos disculpará sino nuestra futura decendencia, nuestra resistencia a cultivarnos en pos de tensar el intelecto, hasta que nuestros ideales, encarnados con la pasión de un religioso, puedan recorrer para voltear la racionalidad de nuestra época.

Es por ello que siento, en lo más profundo de mí, que nuestra época puede ser parte del camino hacia una sociedad sin clases, o un puente hacia lo mismo. Creo que, optar por una cosa o la otra, lo es todo. Nada escapa a la elección en la práctica de los individuados.

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