Filosofía rústica.

Crisis axiológica y necesidad de nuevos paradigmas.

Los verdaderos filósofos son capitanes y legisladores.

Nietzche.

Los materialistas creen en un mundo material con un medio de intercambio ficticio. Mientras que los sufis creemos que el mundo es ilusorio, pero reconocemos la necesidad de un medio de intercambio real -con valor en sí-, a través del que la justicia será reestablecida para la gente.

Shaykh `Abadal Qadir As Sufi.


La crisis profunda y persistente que atraviesa de modo transversal a toda la llamada “sociedad moderna”, más ambiciosamente denominada “civilización occidental” -aunque hay autores que distinguen civilización de urbanismo-; y dado que ésta se ha extendido casi por todo el orbe, haciendo retroceder aquellos elementos que fueron fundamentos de otro tipo de sociedades en el proceso que se ha dado en llamar “globalización” o “mundialización”; podríamos considerar que es pertinente a la humanidad en su conjunto. Y si bien esta crisis muestra hoy su faceta económica, y aunque dentro de éste ámbito yacen los mecanismos a través de los cuales las sociedades en el mundo han sido llevadas al punto crítico actual, esto sólo ha sido posible a través de la inculcación de ciertos basamentos que han resultado ser el sustrato de las visiones compartidas de modo tendencial por la gran mayoría de los seres humanos que forman estas sociedades; hasta el punto de que las antaño diferencias culturales, religiosas, y hasta psicológicas, han sido reducidas a meros matices dentro de un proceso monolítico y totalizador donde aquellas permanecen tan solo como un tenue barniz sobre los elementos que hoy nos permiten reconocer un isomorfismo que hace de la humanidad un ensamble de subconjuntos de la cada vez más articulada sociedad mundial, para no hablar de la aludida “aldea global” de la escuela francesa.

Y este sustrato valórico ha sido esencial a la hora de conducir a los seres humanos por ciertos caminos, porque las visiones que se derivan de ellos, son las que hacen posibles los patrones de comportamiento necesarios para desarrollar un modelo de sociedad, que de otro modo podría ser puesto en entredicho.

A este respecto, y analizando la situación presente, llama profundamente la atención, y la sorpresa podría llegar perfectamente a la estupefacción, el comprobar que la visión que forma el trasfondo desde el cual son plausibles los comportamientos que configuran nuestra sociedad actual, sus basamentos, yacen anclados aún a una visión del mundo propia del siglo XIX, y que ello no parece estar afectado por el hecho de que entretanto se han desarrollado los conocimientos científicos necesarios para superarla ampliamente, pues la consecuencia que deviene de ese desarrollo se ha limitado, al parecer, a las aplicaciones técnicas y prácticas, hasta el punto que se hace pertinente la pregunta acerca de que si en ello no habrá una participación más o menos activa de cierta élite intelectual que se hace parte de modo inconciente o involuntario, esperemos, del status quo; aunque la sorpresa es ingenua si se nos permite recordar que el acceso a la información es poder, y la ignorancia, una condición sine qua non para el mantenimiento de relaciones al uso y patrones sociales injustos que, sin embargo, son beneficiosos para un puñado de oligarcas que en nuestro mundo viven de la consumación del latrocinio establecido.

Buscar el origen de este fenómeno, necesariamente nos llevaría al estudio de los movimientos que establecieron los pilares del pensamiento sobre los que se desarrolló la era moderna, la ‘Era de las luces’, es decir, el “Humanismo”, el “Renacimiento” y la “Ilustración”, y el consabido racionalismo que trajeron aparejados. Pero, aparte de mencionar las paradojas que alude Ernesto Sábato sobre estos movimientos en su libro “Hombres y engranajes” (donde dice que el Renacimiento fue un movimiento individualista que terminó en la masificación, que fue un movimiento naturalista que terminó en la máquina, y que fue un movimiento humanista que terminó en la deshumanización”); nos ocuparemos sobre todo de la consecuencia última en la sociedad actual, de todo lo que en ese libro está suficientemente bien desarrollado, así como en “La era del vacío” de Giles Lipovetsky.

Por otra parte Oswald Spengler en su monumental obra, “La decadencia de occidente”, aporta una perspectiva esperanzadora acerca de esta crisis, al señalar que las sociedades, al igual que los individuos, son organismos que nacen, crecen, se desarrollan, y mueren; y, al acotar la decadencia a la sociedad moderna de base germánica (desentendiéndose así de la visión al uso que nos habla de su base grecolatina -ya que dice que ésta última lo fue más como ideal, como modelo de inspiración, que como realidad-), la que se encontraría en su última fase, deslindando de este modo la crisis de occidente, al menos en su sentido terminal, del conjunto total de la humanidad, lo que nos anunciaría el hundimiento de un mundo y la posibilidad de que otro u otros puedan surgir.

Ahora bien, si hemos de adentrarnos en el tema que nos convoca, sería inevitable detenernos un momento en uno de sus aspectos centrales, asunto seriamente reflexionado por todos y cada uno de los más grandes pensadores del último siglo, ya que la grave crisis que aqueja agudamente desde sus cimientos a la sociedad contemporánea yace inevitablemente anclada al nihilismo que la caracteriza, y que es a su vez la consecuencia última, el desarrollo lógico, a la que llevan sus postulados.

De ello nos habla con una elocuencia insuperable uno de los pensadores mejor dotados en lo que a emitir diagnósticos respecto a la sociedad moderna se refiere; cuando nos anuncia la pleamar del nihilismo, Nietzsche señala con ello la etiología junto con la enfermedad, desmenuzando en sus extensos análisis la inversión valórica y la decadencia ocurrida en la sociedad judeocristiana.

Asimismo, Jünger nos dice de Nietzsche que si bien fue el primer nihilista pleno de Europa (refiriéndose a categoría de lugar y no de tiempo), lo fue también como el primero en superarlo, “el que lo tenía detrás de sí, bajo de sí, fuera de sí”. Pues, si bien Nietzche reconocía tener elementos de decadencia en sí, concluía que siendo más fuerte su naturaleza sana, debía ser médico de sí mismo y superar dentro de sí, todas las tendencias nefastas que la sociedad algún día debía tratar del mismo modo.

Jünger hace también en “El trabajador”, interesantes aportes a una visión en perspectiva, desde la cual el estado actual de la humanidad, que Nietzsche pronosticaba como una fase de “nihilismo activo”, es descrito como un período caótico y lleno de remolinos, y aunque exigido por la necesidad, un estadio bajo el cual ocurren una serie de profundas transformaciones en el mundo, producto de las aplicaciones tecnocientíficas, por las que pueden observarse una serie de modificaciones en su configuración, así como en sus estratificaciones, que habrán de cobrar su sentido pleno sólo una vez que el ser humano haya superado la fase nihilista; asunto que analiza de modo recurrente en sus obras, particularmente en un ensayo acerca del nihilismo que titula “Sobre la línea”, aludiendo con el mismo al concepto de que si se traza una línea en la mitad de un área -él la llama “el meridiano cero”-, ésta demarcaría en el recorrido por la fase del nihilismo, el momento en que se comienza a salir de esa zona.

Al igual que Jünger y muchos otros pensadores, también Eric Fromm en el año 1955 en “Psicoanálisis de la sociedad contemporánea”, en su estudio de la alienación en la sociedad industrial, advertía que la sola satisfacción de las necesidades materiales en el hombre no bastan para hacerle feliz, y por lo tanto sano.

Entretanto han pasado más de cincuenta años, y a pesar de la infinidad de autores que han aportado su análisis y su visión crítica, ya sea desde la literatura, el ensayo o la obra filosófica; como conjunto, la humanidad ha seguido ciegos derroteros, desviándose por momentos o en algunas circunstancias determinadas por caminos que han resultado meras vías secundarias que han confluido más adelante, de igual modo, en el atolladero común de la historia en el cual hoy nos encontramos.

Este callejón que parece no tener salida, nos plantea las consecuencias que del nihilismo se derivan: el individualismo, la atomización, la pérdida de sentido, la deshumanización, la impotencia y, finalmente, la alienación. Y aunque si bien todo ello deriva de las relaciones sociales que impone el modelo económico imperante, el problema apremiante que ha de ser resuelto, es que no parece que se cuente con un modelo alternativo, ni con la capacidad de implementarlo, ni siquiera, muchas veces, con la creencia de que ello tan sólo sea posible, y ello lo decimos descartando el núcleo reducido de gente que aún sostiene, contra toda evidencia, el ideario socialista, también materialista, y anclado de igual modo a las visiones propias del siglo XIX.

Por último, René Guenón, hace en “La crisis del mundo moderno” una evaluación en cuanto al alcance de esta crisis, e indica, aunque indirectamente, la oportunidad que cabe en ella en cuanto a la búsqueda de otras fuentes y otros aportes. Plantea Guenón, que la sociedad moderna es una anomalía, al ser una de las únicas que se ha desarrollado en un sentido puramente material, “y una de las únicas que no se apoya en ningún principio de orden superior”. Y señala que este desarrollo material ha significado una regresión intelectual que dicho desarrollo es “harto incapaz de compensar”, negándose a llamar intelectualidad al cultivo de las ciencias experimentales con vistas a las aplicaciones prácticas a que ellas puedan dar lugar. Indica asimismo, que la ciencia moderna procede de una “limitación arbitraria del conocimiento a un cierto orden particular”, y que es, según él, el más inferior de todos, el de la realidad material o sensible, por lo que, dice, “ha perdido el valor de la intelectualidad y la plenitud de su verdadero sentido, debido al error racionalista de asimilar la inteligencia a la razón, lo que niega las facultades extra-racionales, como la intuición, que forman parte de los instrumentos del intelecto para la aprehensión de la realidad, sobre todo de sus aspectos sutiles”. Y es en este sentido que Guenón dice que en occidente el conocimiento y la ciencia se han perdido.

Por supuesto que está el problema de en qué grado se ha mantenido una ciencia y un conocimiento en los referentes que puedan ser la contraparte del modelo occidental o moderno. Sin embargo, es ya desde hace casi cien años, que desde el ámbito mismo de la ciencia, y específicamente desde uno de sus ámbitos más vanguardistas, el de la física cuántica; que han surgido indicaciones que, si nos las hubiésemos tomado en serio, nos habrían impulsado a una demoledora revisión del entramado de postulados que hemos venido aceptando como ciertos desde hace muchísimas décadas; revisión que nos habría despertado de un modo contundente, nos habría dotado de un vigor irresistible, y nos habría arrancado de una serie de discusiones poco fructíferas y que han reducido a la filosofía a un juego de abalorios, lo que hace perentoria la necesidad de abrir al fin sus ventanas y airear sus salones.

En efecto, desde la década de los años veinte del siglo pasado, la física cuántica nos habla de un mundo bastante menos sólido de lo que nos indican nuestros sentidos, en el que de hecho, la ‘materia’, sería sólo un modo de hablar; por lo que los nuevos postulados de esta ciencia, en última instancia, deberían hacernos reconsiderar vastos ámbitos de significación, mantenidos hasta hoy al margen, obtenidos más allá de los límites de lo cuantificable en el campo empírico. Y a la vez, dar lugar a comprensiones en la que las personas recuperemos nuestra significación, y por lo tanto nuestro pleno sentido, capacidad de acción y la constatación de ser protagonistas de nuestro destino, y no sus sujetos pasivos -¿no era ésta una de las críticas a la concepción medievalista? (la conexión entre las concepciones medievales y la sociedad moderna es un tema apenas explorado. Ver Zeitgeist)- , en una realidad que además de constituirse siempre por un haz de posibilidades, está siendo en todo momento determinada por las proyecciones que el sujeto introduce como observador desde su universo subjetivo, por lo que no cabe separación entre conciencia y organismo ni entre observador y lo observado, concepto que no puede estar más alejado de la concepción kantiana de un universo inmenso, aunque ‘material’, mecánico y ‘objetivo’, que rodea y constituye a seres determinados, insignificantes y diminutos.

La cuestión es que parece haber un vínculo indisociable entre el pragmatismo o ‘nihilismo activo’, operante y dominante en el mundo de hoy, su visión acerca de la realidad de un mundo material (y no nos referimos a lo que en el aula pueda debatirse, sino a la praxis que fuera de ella mantienen en su mayoría los individuos -incluidos aquellos que son partícipes de exaltadas argumentaciones constructivistas, desconstructivistas, etc.-), y la entronización de un no valor, pseudovalor, o moneda virtual o ficticia, que produce una serie interminable de anomalías y de desajustes al plantear una impronta de intercambios interferidos en las relaciones sociales.
Y como toda esta dinámica tiene una base axiológica, sólo podrá ser superada por gente que se plantee nuevos paradigmas, como los que se desprenden de la visión de mundo que nos presenta la física cuántica, y que a su vez capte la necesidad de re-establecer valores no devaluables en beneficio de la no sujeción de las relaciones sociales a través de un sencillo y lógico pero irracional ritual manipulatorio de cifras (léase economía, la ciencia del fraude).

 

“El desafío está servido, y el tiempo está pasando”.

 


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