Revolución: posibilidad v/s imperativo individual.

Reflexiones en 10 párrafos sobre el concepto de revolución, lo revolucionario y las coincidencias de algunas posiciones aparentemente contrarias.

REVOLUCIÓN: POSIBILIDAD v/s IMPERATIVO INDIVIDUAL.

Al observar los efectos del ALBA, me convenzo de que la revolución en Nuestra América no sólo es deseable, sino posible.

Sorprende escuchar a Chávez, a Correa, a Morales, incluso a Cristina Fernández, hablar contra las injusticias de las transnacionales o la banca privada. Chávez ha abierto este año la posibilidad de expropiar a varios bancos y ha intervenido otros. ¿Qué hacemos nosotros, en cambio, desde Chile frente a problemas similares? ¿Los chilenos criticamos, cuando todavía no hemos sido capaces de verticalizar nuestras demandas?

Porque siempre, el chileno neoliberal es individualista. Esto implica ver la diversidad como colección de individuos, y pensarse como un yo anterior a la sociedad y posible de divorciar de ella. Por eso, los cientos de anarcos, zaratustras y diógenes postmodernos, son tablas de un mismo puente con los arribistas y consumistas de los sectores aspiracionales. Trabajan desde la negación y la afirmación de lo mismo, pero bajo la misma matriz: el individuo como un yo dado para mí por naturaleza y en la historia. Individuo como propiedad privada del yo: esa es la matriz liberal del neoliberalismo y de cierto “anarquismo”.

En ello reside la causa de que tanto derechistas como románticos, violentos o hippies, respondan críticas liberales al escuchar “Revolución bolivariana” o “Revolución cubana”. El arribista y el “anarquista” siempre están de acuerdo en las críticas. Pero la crítica los deja al desnudo, porque no hay nada más chileno, nada más chicago, nada más neoliberal que eso.

Volviendo. Me convenzo, decía, de la necesidad histórica de una Revolución, pero también me convenzo de otras cosas. Me convenzo por ejemplo, de la necesidad de borrar la metáfora romántica del todo o nada. Creo que nunca la cuestión ha estado en eso: nada es o todo o nada. Me convenzo también de que una Revolución es un proceso, no un hecho. Ninguna revuelta es revolucionaria, ninguna violencia es revolucionaria, ninguna sino hasta cuando se puede enmarcar en un proceso definido y claro. Como dijera Gramsci, en política no es un error jugar a veces para el enemigo porque siempre se juega también para el enemigo. Modificar la configuración de un momento político a otro es jugar para todas las posiciones. Lo importante, dice Gramsci, es “vencer claramente”.

La luz sobre si un hecho es o no “revolucionario” depende de su enmarque dentro de un proceso claro. Y la claridad es la realidad del proceso. Y en política, lamento despertar a unos cuantos, realidad es institución. Por eso, la Revolución empieza “después de la última bala”, y el hecho es revolucionario a posteriori, o sea, después de la última bala. Antes nada: ningún evento es “revolucionario” sino para el que mágicamente sepa leer el futuro, y a ese no lo conozco todavía. No creo en la profecía ni en los profetas, armados o desarmados. Eso es especulación. El evento revolucionario es siempre a posteriori.

Esta, es la mejor razón para despejar la verborrea. La mayoría de los leninistas aprendieron de Lenin todo lo que no es aplicable ahora; cuando no reconocen la otredad, y despotrican contra todos bajo el epíteto casi universal de “enemigo” cuando es de otras ideas, o  cuando llaman “traidor” a todo el que sea de su lado sin pensar tal como él piensa. Si la revolución es sólo después de la última bala, decirle a cualquiera traidor -en esencia o “en sí”-, es arbitrario y resta. Y si la realidad política es la institucionalidad, nicho para toda revolución posible, es muy contraproducente tratar a medio mundo de traidor, cuando todavía no hay revolución. Eso es no entender aquello de Gramsci de “vencer claramente”.

Defender la Revolución es blindarla contra la racional irracionalidad. Para los que conozcan las pretensiones kantianas, es defenderla contra el kantismo. O sea, defenderla contra aquellos que la piensan como una necesidad inexorable (universal, necesaria e independiente de la experiencia, o sea a priori) de la cual se debe convencer a cada individuo por medio de la prédica totalizante. Eso es defenderla de la racionalidad irracional; es defender la Revolución como posibilidad para todos, los convencidos y los que no. Defenderla desde el núcleo del sentido común sano, sin elevar el vuelo, sin bajar como Zaratustra del monte. Ni Zaratustra, ni Lenin, ni Trotsky. Es tomar en consideración al otro no como a un imbécil, sino como un producto de su época, tal cual uno mismo. El énfasis actual en la diversidad individual es, como todo, un producto histórico, colectivo, o mejor dicho, transindividual, y como tal, hay que comprenderlo para empujar los esquemas del pasado hacia el presente.

La revolución posible consiste en madurar, en institucionalizar conquistas, en generar una correlación de fuerzas que sea capaz de contrarrestar los embates del Imperio. El problema no es el Estado o el capital, eso es una ridiculez adolescente. El problema no es si Dios existe o no existe. El problema es el siguiente: ¿cómo logramos la realidad de un mundo dónde Dios, el Estado y el capital no sean necesarios de la forma en que lo son ahora? La respuesta será ni más ni menos que el proceso mismo: el mundo nuevo no será la suma lógica de TUS ideas o las MÍAS, porque no será la suma lógica de nada individualmente entendido. Su lógica no es esa.

El que crea que con tener ladrillos, arena y cemento, tiene una casa, le recomiendo que empiece esta columna desde el principio.

Salud

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