Acerca del lumpen, vándalos y violentistas.

Nadie puede ser sensato con el estómago vacío.

Mari Evans

En el contexto de los últimos meses de movilizaciones estudiantiles, hemos oído reiteradamente alocuciones alusivas al lumpen, vándalos y violentistas a través de los mass media 1. Descritos como grupos minoritarios que aprovechan la coyuntura de las manifestaciones multitudinarias para imponer su lógica de destrozos y destrucción sin objeto; son, sin embargo, la coartada perfecta para criminalizar y policializar los conflictos sociales por parte de quienes pretenden mantener el status quo a cualquier precio.

A esta estrategia ayudan un conjunto de juicios hechizos, superficiales y automatismos varios que, sin mayor análisis de la situación y repitiéndose cual un mantra 2, llegan incluso a formar parte de un ideario colectivo de lugares comunes, ideas y asociaciones que a cualquier hijo de vecino se le vienen a la cabeza cuando se tratan estos temas, convencido de que se tratan de sus propias opiniones, que emanan de sus genuinas y espontáneas convicciones y apreciaciones; cosa que hemos visto incluso en algunos de los participantes mismos de las marchas estudiantiles, que enfatizando su distinción del ‘lumpen’ 3, de ese modo deslegitimado por la sola razón de ser tal, le endosan la entera responsabilidad por los desórdenes, destrozos y acciones violentas, como si la marginalidad fuese una situación auto-escogida o una condición patológica y congénita.

¿Es esto así? ¿Puede alguien pretender conciencia y una visión profunda de las cosas, pero por sobre todo reivindicar una postura genuinamente crítica del sistema contra el que se manifiesta, y a la vez estigmatizar a colectivos marginales haciendo ostentación de no formar parte de ellos, cual si ello fuera digno de aplauso o como si fuese una hazaña no haber conocido el hambre, el frío y la precariedad, habiendo cientos de miles de personas viviendo semejantes condiciones a diario?

¿Pero acaso no hay una responsabilidad por parte de la sociedad y de sus miembros en la mantención de un sistema desarrollista que produce exclusión y vertederos humanos, donde muchísimos jóvenes crecen sin apenas perspectivas, acumulando frustraciones, rabia e indignación? ¿Acaso no hay una responsabilidad social también en el hecho que, de mantenerse la inercia de esta lógica desarrollista, que cierra los ojos a las realidades que genera para enormes colectivos de personas, pronto llegaremos a la condición de Estado fallido semejante a las que han alcanzado algunas zonas de Brasil, Colombia o México, en los que el secuestro y los asesinatos son pan de cada día, y en la que el Estado ya no controla el territorio, rendido así a su suerte y a una situación de degradación progresiva? 4

Estas situaciones, lamentablemente, son la tónica del tipo de sociedades en las que vivimos, que han entrado en su última fase y que están inevitablemente abocadas al colapso, porque lo que imprime su sello a la sociedad moderna es su carácter burgués, y éste se caracteriza, entre otras cosas, por la incapacidad de asumir responsabilidades 5.

Ahora bien, muy por el contrario, los destrozos que vemos en este tipo de manifestaciones habrían de hacer pensar a todos aquellos que no están en la situación del ‘lumpen’, y que son capaces de trascender la limitante perspectiva de los mass media y su subordinación a la moral burguesa, y comenzar a preguntarse qué es peor, ¿destrozos en manifestaciones de evidente descontento o una situación de colapso de las condiciones mínimas que hacen posible cualquier tipo de convivencia?

A la situación de colapso en la convivencia apunta el significado de otro de los epítetos a los que echan mano los medios para describir como ‘actos vandálicos’ los destrozos ocasionados por el lumpen en cualquier tipo de manifestación pública, y aunque lejos de ser un conjunto de marginados por los procesos de urbanización del complejo técnico agroindustrial, los vándalos 6 fueron un pueblo germánico 7 noble y guerrero cuya epopeya de cinco siglos los llevó a atravesar todo el continente europeo desde las riberas del Vístula (Polonia), hasta el sur de la Península Ibérica, para cruzar luego el Estrecho de Gibraltar y acabar formando reinos en el Norte de África en territorios bereberes 8, entonces bajo tutela romana.

Sin embargo, teniendo en cuenta el período de graves convulsiones por las que pasaba el Imperio Romano, llama la atención que haya quedado particularmente el nombre de este pueblo con la carga semántica que actualmente tiene, si tomamos en cuenta la gran variedad de pueblos bárbaros9 que asolaron las fronteras del Imperio, visigodos 10 búlgaros y hunos, entre otros.

Pero la verdad es que fueron los hunos 11, cuya presión obligó a los pueblos bárbaros, en su mayoría germánicos, a cruzar el Danubio y el Rhin, empujándoles dentro de las fronteras del imperio, quienes merecían mucho más el calificativo 12 o al menos el significado con que el término ha llegado hasta nuestros días, ya que los vándalos, convertidos al cristianismo, difícilmente podrían haber mostrado contra los romanos la bestialidad, el salvajismo y la indiferencia que en los hunos hizo temblar a los propios germanos.

¿Por qué se estigmatizó entonces a los vándalos?

Lo que particularizó las incursiones de los vándalos fue que, dado su arrianismo 13, se ensañaron contra los símbolos religiosos, privilegios y propiedades de la Iglesia Católica Romana, en el norte de África, el granero del Imperio, donde, además de la Iglesia, ricos senadores y terratenientes romanos vieron amenazados sus intereses, así como su zona de influencia, no pudiendo concebir que un pueblo bárbaro convertido al arrianismo 14, arremetiera selectivamente contra aquello que era símbolo y fundamento de su dominio, de modo que apelaron a la alteridad para estigmatizar particularmente como salvajes a un pueblo que, a diferencia de incursores anteriores, dirigía su violencia de un modo específico.

Esta actitud deslegitimadora, empero, es una constante en la historia de poderes imperiales confrontados por poderes ‘barbaros’, así como un recurso recurrente en la moral burguesa enfrentada a fuerzas elementales, y tal vez no sería demasiado arriesgado decir, que el orden burgués es siempre la fase terminal de una cultura en su estadio último al modo de organización imperial (global).

Sin embargo, un grupo de recios guerreros capaces de enfrentarse a un poder arrogante pero en decadencia es lo que esta sociedad tanto como la romana no puede no sólo tolerar, sino apenas resistir, prolongándose la inercia de su agonía gracias a la pasividad y debilidad de las poblaciones sometidas a su dominio declinante.

Con el excelente y oportuno ejemplo de las invasiones de estos pueblos en la fase terminal del Imperio Romano, gracias al recurrente uso y abuso del apelativo ‘vándalos’, podemos situarnos en cierta perspectiva para ver los paralelos, diferencias y semejanzas entre nuestra sociedad y la suya, su período y el nuestro.

Tenemos, por ejemplo, la situación de los representantes del poder establecido de entonces y los del actual conjunto de intereses corporativos ocultos bajo la cobertura democrática, que no pasa de ser un conjunto de concepciones míticas sostenidas por los dispositivos educativos y de propaganda de ese mismo conjunto enquistado en las maquinarias estatales. Por otra parte, tenemos una alteridad aún no suficientemente discernible, al punto de que se establezcan grupos capaces de asaltar los medios que hacen posibles la sostenibilidad del orden en decadencia, aunque hacia allá nos dirigimos 15.

Sin embargo, hay ciertos contrastes sustantivos que por el momento hacen la diferencia a la hora de plantearse estrategias de lucha por el dominio, ya que, a diferencia de la época romana, el dominio imperial no tiene hoy un carácter fundamentalmente militar, sino un carácter económico que es necesario desmantelar para que la lucha por el dominio sea efectiva y no quede engranada en los sofisticados rodamientos de los aparatos represivos estatales ni del complejo industrial militar, que es una de las maquinarias que alimenta al sistema corporativo, que además de obtener su poder e influencia de las ficciones económicas que le sustentan, lo hace de las imposiciones a que tiene sometidos al conjunto de sus ciudadanos o ‘contribuyentes’.

En esta situación cualquier postura destructiva que no afirme realidades viables, además de ideología, puede ser desenmascarada por el tercero de los epítetos utilizados por los mass media en la descripción de los incidentes en los conflictos sociales, ya que por violentista ha de entenderse la actitud de quien reivindica la violencia por ella misma, lo que nos permite distinguir entre los apologistas de la violencia, quienes son movidos por actitudes reactivas tras las cuales hay poco más que impotencia y resentimiento, y grupos que en una fecunda disposición creativa pueden plantearse la lucha por el dominio en virtud de su alteridad y no una mera condición de ser ‘productos’ de un orden que los define.

En este escenario, la clase política entera cumple el papel más espurio que consiste, dígase lo que se diga, en no confrontar realmente el orden declinante, sino que antes, queriéndolo o no, en afirmarlo, mediante la validación de sus esquemas de referencia, los conceptos en que se fundamenta toda su legitimación. Y esto lo hemos visto con una claridad meridiana en el contexto de los últimos cinco meses de movilizaciones, en que las categorías de ‘izquierda’ o ‘derecha’ han resultado irrelevantes, mostrándonos la unidad de sus objetivos y el carácter de sus intereses en una mera lucha por parcelas de poder en el orden que se hunde.

Tenemos de este modo que cualquier reivindicación lograda de espaldas al ‘lumpen’ serán ventajas comparativas para unos pocos, reformas, y traición a amplias mayorías, lo cual vuelve a hacer pertinente las reflexiones de Jünger en torno a la moralidad burguesa 16.

No ha de extrañarnos entonces que la clase política cuente cada día con menos adherentes, ni que ésta esté pronta a ser barrida junto a la élite financiera cuyo colapso enmarca un conjunto de estallidos sociales a nivel global, en Estados Unidos, Europa, norte de África y otros lugares, con los que nuestro movimiento estudiantil de algún modo se engarza.

De cualquier modo las cosas se están transformando y, en este escenario de maquinaciones y traiciones, hay una serie de cosas que pasarán sin que quede de ellas ni rastro, mientras que otras instancias irán emergiendo y tomando forma, a la vez que irán dando forma a un mundo nuevo que también está emergiendo, y cuyo rostro nuevo no puede ser visto por las miradas habituadas a imágenes viejas.

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