El ocaso de los nuevos dioses.

      Yusuf Zámindar

titanic

¿”Qué cosa fuera la maza sin cantera?

Un servidor de pasado en copa nueva,
Un eternizador de dioses del ocaso…”

Silvio Rodríguez, La maza.

 

Si decimos que el proceso que ha irrumpido sobre el planeta, reconfigurándolo en menos de doscientos años, llamado ‘modernidad’, está sustentado en la creencia y sustitución de viejos dioses por otros nuevos, se nos tachará de sostener una visión interesada y subjetiva, ya que si hay algo de lo que la modernidad se jacta, es de haber dejado atrás a los dioses, ufanándose en su capacidad y osadía de prescindir de ellos gracias a una lectura ‘científica’ de una realidad ‘naturalizada’ a la que se le ha extraído su condición nouménica[1].

Sin embargo, en la zona de sombras de esta modernidad declinante, su punto ciego, yacen aún una serie de creencias que requieren de la fe más cándida de que pueda hacerse gala, aquella que se tiene a sí misma como resultado de una observación ‘fría’ y ‘distanciada’ -‘objetiva’- de las cosas, a la que, no obstante, falta una buena dosis de observación, rigor, crítica y reflexión.

Hubo en algún momento una curiosa caricatura de Quino, autor de esas tiras de humor agudo e inteligente, como ‘La Mafalda’, que graficaba a un personaje medio ‘hippie’ medio ‘artesa’, pero intransigentemente radical (hoy diríamos ‘ultra’), que, puño en alto, proclamaba: “debemos demoler las estructuras”; luego de lo cual un telúrico movimiento derrumbaba todo a su alrededor, frente a lo que el mismo personaje declaraba perplejo: “¡inútil, se han caído solas!”. Ese es nuestro momento, pese a que la gran mayoría de la gente no se dé cuenta de ello.

 En efecto, mientras en nuestro mundo las estructuras colapsan y dejan ver al desnudo su inoperancia y su insuficiencia en dar respuestas a los problemas que ellas mismas han ido generando, hay aún un sinnúmero de incautos, aunque cada vez son menos, que se dejan seducir por las quimeras de un futuro prometedor en el que el desarrollo y el progreso harán alcanzar a la ‘humanidad’ un grado de organización y perfeccionamiento nunca antes visto, por el cual todos sus males serán redimidos, y haremos viajes espaciales, y seleccionaremos las características genéticas de nuestros hijos según preferencias por catálogo, mientras la ingeniería genética brindará soluciones a enfermedades engorrosas, alcanzaremos casi la inmortalidad y beberemos felices y comeremos perdices.

Todo eso, a pesar de que desde ya hace más de un siglo penetrantes pensadores nos advirtieron de muchos de los males irremisibles que se nos presentarían en este camino sin salida en el que nos hemos embarcado, desde las admoniciones de Friedrich Nietzsche en capítulo El nuevo ídolo de Así hablaba Zaratustra, hasta estudios monográficos editados a mediados de los años treinta, como Perfección y fracaso de la técnica de Friedrich George Jünger[2] -o “La cuestión de la técnica” de Heidegger-, que no han perdido ni un átomo de vigencia, siendo hoy mayor el grado de evidencia que nos indican en nuestro propio horizonte todo aquello que pensadores como éstos ya habían previsto.

Sin embargo hay una fuerza ciega de intrincados intereses que empujan a la humanidad por el camino del despeñadero, repitiendo pautas que la sostienen en la más inadvertida de las ignorancias e imprevisión, creyendo la mayor parte de las personas que se plantean estas cosas y las cosas del mundo, que la mayor parte de sus males se debe tan sólo a un asunto de reorganizar esta misma sociedad, poniendo especial énfasis en los aspectos de la re-distribución, como si no hubiese un buen número de reflexiones y conclusiones que sacar de las experiencias del llamado ‘socialismo real’, como si los efectos indeseados de dichas experiencias fueran producto nada más que de traiciones y voluntades perversas, y no de la lógica misma que subyace a los dos modelos, capitalismo de sociedades anónimas o capitalismo de estado (el llamado ‘socialismo’), que comparten un mismo paradigma cientificista y productivista, que desarraiga a los seres humanos de formas naturales y humanas de vida. Por todo ello, creemos que hay una serie de aspectos involucrados en todo esto, necesarios de revisarse.

Primeramente, tenemos la noción de ‘progreso’, la idea de que ‘la historia’ marcha por un camino ascendente, que no se detiene y que siempre trae algo mejor que lo pasado. Esta visión, por supuesto descansa en la observación de un despliegue ininterrumpido de medios y posibilidades desarrollados por la técnica, sin reparar con ello que siempre nos quedamos dentro del mismo plano (técnico), fuera del cual el tan cacareado progreso corre un grave riesgo de ser desmentido, exceptuando, claro, que tratemos con gente crédula -que en todo caso son aún la mayoría, aunque los acontecimientos que vienen desarrollándose a partir de la crisis subprime del 2008 habrán hecho reflexionar a más de alguno-.

Ciertamente, respecto a lo anterior, cuando se confronta la noción de progreso en su sentido de movimiento continuo y en incremento de logros y mejoras; y se señalan las graves consecuencias inevitables de dicho proceso, como la desaparición de las formas diversas de vida, a favor de una única forma monolítica que hace desaparecer la heterogeneidades culturales, o las devastaciones en los ecosistemas, o la extinción inminente de tantas especies; la gente comúnmente se encoge de hombros y piensa en todo aquellos ‘adelantos’ que ese desarrollo nos ha traído, pues ¿quién puede imaginarse un mundo sin máquinas, lavadoras, automóviles, sistemas de salud, red de carreteras, aparatos eléctricos, etc.?

Sin embargo, lo que suele pasarse por alto es todo aquello que se ha perdido, y no sólo en términos estrictos desde el punto de vista de una pura materialidad. En esta dinámica en la que el capitalismo semeja una maquinaria que absorbe todo lo circundante para transformarlo a su modo de ser y de hacer -al modo de la imagen del Palacio de Cristal, que nos dice Sloterdijk que Dostoievski empleó como metáfora para describir lo que él veía que era este sistema[3]-, se han perdido contundentemente muchos aspectos sociales y humanos que garantizaban un mínimo en las relaciones interpersonales, siendo sustituidos los vínculos comunales por relaciones contractuales a plazo.

Y cuando decimos no limitarnos a los efectos materiales de dicho funcionamiento, cuando nos referimos a sus efectos perversos, es porque los efectos dañinos para el ser humano en cuanto tal son tanto o más perniciosos, aunque no falte el coro de voces que sin querer ver lo que sucede, repetirá una y otra vez que siempre hubo degradación, desintegración, enajenación, abusos, prostitución, crímenes, robos, etc., sólo que ahora podemos verlo más gracias a los medios técnicos que nos dan una noción mayor de estas cosas, gracias a que nos tienen bien informados (¿adiestrados?).

Sin embargo de quienes esto dicen, salta a la vista que no conocen -al menos no profundamente-, otro tipo de sociedades humanas y otras formas y pautas de relación, pues sólo de ese modo es posible pasar por alto lo que en la nuestra se ha ido perdiendo.

Conectado con el prejuicio positivista del progreso y la técnica, se encuentra indiscutiblemente la noción de que la Ciencia es el ámbito por excelencia que nos permite conocer la realidad tal cual es, lo cual no puede estar más lejos de la realidad, ya que, como señalaba Goethe, el modo de hacer ciencia según el método establecido por Decartes, Galileo y Bacon, antes que aproximarnos a la naturaleza, nos distancia de ella, anteponiendo entre el observador y lo observado, un conjunto de abstracciones constituido por todo aquello que de la realidad observada es extraído como dato operable según dicho método, es decir los aspectos cuantitativos, mientras que los cualitativos, al no ser mensurables, son sencillamente dejados de lado, como si fuesen irrelevantes, siendo que, precisamente, son los aspectos aprehensibles por nuestros sentidos y los que nos permiten conocer las cosas tal cual son; trayendo ese proceso continuo de conceptualización de la realidad por consecuencia que, primero, tengamos una aproximación puramente mental con nuestro entorno, lo que nos despoja de la sensibilidad necesaria para tener una experiencia completa de éste, y, segundo, y lo que es peor, que terminemos creyendo que las cosas son como las percibimos (aunque no las estemos percibiendo en realidad, porque en última instancia se interponen entre ellas y el observador puras conceptualizaciones que lo mantienen apartado de su entorno), lo que Carlos Castaneda llamaba confundir la realidad con la descripción que  de ella se tiene[4], fenómeno que, según la neurobiología, constituye un ochenta por ciento del proceso perceptivo o sensorial-cognitivo.

Por esto es que Heidegger decía que la Ciencia sólo piensa sus propios pensamientos, no la realidad. Si esto es así, lejos de contar con un elemento neutral, la tecno-ciencia, además de ser un proceso que modela al ser humano que lo practica, sería además un tipo de religión que brinda respuestas metafísicas, es decir más allá de su propio campo de datos cuantificables -y, según esta, ‘verificables’-, acerca de las cosas, al limitar arbitrariamente el universo de lo existente a su propio paradigma (con lo cual incluso se extralimita en sus funciones), sin que la gente, otra vez, tan siquiera se dé cuenta de ello; y, por lo tanto, constituiría una suerte de núcleo duro de la nueva religión[5].

Luego, y a la base de los procesos que dieron origen a la modernidad, y entrelazados con los elementos anteriormente descritos, tenemos el concepto de revolución, noción que además de enfatizar la idea de evolución o progreso, nos relata un procedimiento por el cual las sociedades habrían dado saltos cualitativos (y el lenguaje no es nuestro, sino que de los manuales pertinentes al tema), sin que la gente se aperciba de que toda revolución ha sido, por una parte, la demolición de un orden anterior, y por otra, la ocasión propicia para que fueran liberadas las fuerzas de la burguesía, constreñidas por el orden abolido que limitaba anteriormente la libertad de movimientos de dicha clase emergente.

En efecto, Ernst Jünger señalaba en El trabajador, que la burguesía ha sabido esconder astutamente sus objetivos e ideales, introduciéndolos a través de la ideología en el complejo de nociones que maneja como ideario libertario la clase trabajadora, de modo que ésta fuera portadora de las nociones e ideales que les abrieron a los burgueses de par en par las puertas del dominio, ya que directamente por sus solos medios no habrían podido lograrlo[6].

En último término, tenemos el concepto de estado-nación, emparentado con otro conjunto de nociones que se le relacionan, como el concepto de república (en la que no hay ‘asuntos públicos’, ya que ésta es la proto-forma de la organización tiránica e imperial en la que los asuntos son privados, estando en manos de una plutocracia que se esconde en el Senado),  la idea de democracia, y la noción de que los países son fundaciones fundamentadas en contratos (idea contractualista –y por lo tanto burguesa– que apunta al concepto de constitución -los términos son elocuentes, y hablan por sí mismos-).

Primeramente, los estados nacionales son construcciones que requieren previamente la destrucción de las formas tradicionales (culturales) propias, ya que para dar origen a estructuras estatales de proporciones considerables, ha sido necesario desarraigar todos aquellos elementos que puedan ser fundamento de formas heterogéneas (y por lo tanto amenazantes para el estado) de organización. Y éstas últimas se corresponden con las formas orgánicas donde los grupos humanos se encuentran vigorosamente constituidos a partir de fuertes lazos familiares, tribales y de clanes, y/o locales, de modo que el poder primeramente es palpable, y, en segundo lugar, corresponde a agentes identificables y no a grupos de élite u oligarquías escondidas tras las bambalinas del espectáculo desplegado para mantener distraídas a las masas acerca de la naturaleza real de los procesos sociales (nótese que hablamos de ‘democracia’).

Es por lo antes dicho, que mencionábamos anteriormente la magnitud de los efectos perversos de la sociedad de consumo, ‘sociedad de libre mercado’ (otro mito -ya que nunca antes el mercado ha estado más controlado y concentrado en pocas manos que hoy en día), o capitalismo, se refiere ante todo, además de la destrucción palpable de los entornos naturales, a una demolición en los seres humanos de patrones sociales que permitieron en otro tiempo, además de formas más sanas y enteras de socialización, un grado bastante más significativo de autonomía sobre sus decisiones y sobre la riqueza que poseía el subsuelo que pisaban. Por supuesto en todo esto hay matices, pero hoy por hoy es cuando menos grado de control hay sobre estas cosas, ya que se encuentra secuestrado por gigantescas estructuras, los estados, que, entre otras cosas, son meros módulos administrativos, engranajes de máquinas supranacionales del sistema corporativo que ha articulado el capitalismo mundial integrado[7] en su última fase sobre el planeta.

Dicho lo último, no creemos que quepa explayarse acerca de la naturaleza mítica del relato democrático, ya que es un caza bobos que no será visto en su genuina condición por los  superfluos por más que nos deshagamos en explicaciones.

No obstante todo lo antes dicho, nos encontramos en un momento de transición en el que un mundo se hunde, y otro no termina de nacer, lo que presupone la caída de todos estos dioses o ídolos, aún si caen encima de la gente, que es lo más probable, ya que el capitalismo es un funcionamiento que no es más que el reflejo del estado de conciencia de la gente. A pesar de lo cual, ese ‘orden’ se ha de hundir de cualquier modo, debido a que ya no se aguanta en pie, y porque la dinámica de sus propias contradicciones lo ha hecho entrar en una crisis estructural de proporciones, que recién comienza; eso significa, buenas noticias para la gente inconforme con el estado actual de cosas y que, por lo mismo, anhela transformaciones, y malas noticias para las almas inermes que se dejan arrastrar en los asuntos por la sola inercia y el pragmatismo utilitarista hasta ahora vigente.


[1] De noumen, no en su acepción kantiana, sino en su sentido primero, el de la etimología griega, que alude a lo misterioso que subyace a lo fenoménico, es decir, lo oculto que se manifiesta en lo que aparece.

[2] “Nadie duda de que ese monto de trabajo, ejecutado de un modo mecánico, se ha incrementado. ¡Pero cómo podría incrementarse sin que también aumentara el monto de trabajo del individuo, el rendimiento de trabajo manual, ya que la mano humana es la herramienta de las herramientas, aquella herramienta, ciertamente, que ha creado todo el instrumental técnico y que lo conserva! El trabajo maquinal no conduce en ningún caso y en ninguna parte a una disminución del trabajo manual, por grande que siga siendo el número de los obreros ocupados mecánicamente. Elimina al obrero manual únicamente allí donde la labor puede ser efectuada de un modo mecánico. Pero la carga que ahí se le quita, no desaparece por orden del mago técnico; sólo se desplaza hacia aquellos puntos donde la labor no se ejecuta mecánicamente. Y como se comprenderá, se incrementa en la misma medida en que se incrementa el monto de trabaja mecánico. Reconocer esto no exige cálculos complejos; basta considerar atentamente la relación entre cada proceso de trabajo y la organización técnica. Se verá entonces que todo progreso en la mecanización acarrea un incremento del trabaja manual. Quien dude de ello, piense que los métodos de nuestro trabajo no se limitan a un pueblo ni a un continente; que ambicionan tener a su servicio a todos los pueblos de la tierra, y que una parte fundamental de las labores duras y sucias se hace recaer sobre las espaldas de gente que no ha lucubrado la organización técnica.” Perfección y fracaso de la técnica, Friedrich George Jünger, Editorial Sudamericana.

[3] “Para la descripción del mundo globalizado, que se puede llamar igualmente un ‘mundo sincrónico’, recurrimos a la imagen del ‘palacio de cristal’, acuñada por Fedor Dostoievski en la novela Memorias del subsuelo, del año 1864: una metáfora que remite al famoso gran recinto de la Exposición Universal de Londres de 1851. En él el escritor ruso creyó ver ante sus ojos la esencia de la civilización occidental como en un último concentrado. En el monstruoso edificio reconoció una estructura devoradora de lo humano; sí, un moderno Baal directamente, un container de culto en el que los seres humanos rinden homenaje a los demonios de occidente: al poder del dinero, al movimiento puro y a los placeres narco-estimulantes. Las características del culto a Baal, para el que los ecónomos de hoy ofrecen la palabra ‘sociedad de consumo’, como mejor pueden ilustrarse aún es partiendo de la metáfora-palacio de Dostoievski, aun cuando prefiramos mantener las distancias en relación con las sugerencias religiosas del autor, así como de las ingeniosas y oscuras insinuaciones de Walter Benjamin sobre el  ‘capitalismo como religión’.“ El mundo interior del capital, Peter Sloterdijk, Editorial Siruela.

[4] Viaje a Ixtlán, Carlos Castaneda, Editorial Fondo de Cultura Económica, México.

[5] “El hombre de ciencia es una verdadera paradoja: ese hombre está rodeado por los problemas más terribles, que tienen clavada en él su mirada, ese hombre va caminando al lado de abismos, y a lo que él se dedica es a cortar una flor y a contar sus estambres. No se trata de un embotamiento del conocer: pues el hombre de ciencia se enardece con su instinto de conocer y de descubrir y no existe para él placer mayor que el de aumentar el tesoro de sus saberes. Pero se comporta como el más engreído de los haraganes favorecidos por la fortuna: para él es como si la existencia no fuera una cosa que no tiene remedio y que da mucho que pensar, sino una posesión firme que tuviera garantizado el durar eternamente.” Consideraciones intempestivas, Friedrich Nietszche, Alianza Editorial, traducción de Andrés Sánchez Pascual.

 

[6] “…hemos visto que la sublevación del trabajador fue preparada en la escuela del pensamiento burgués.” […] “Al introducir taimadamente sus propios objetivos en los objetivos del trabajador, el burgués restringió a la vez el objetivo del ataque a un objetivo burgués.” […] “Volvamos la vista atrás: es el siglo XIX el que ha interpretado al trabajador como el representante supremo de un estamento nuevo, como el portador de una sociedad nueva y como un órgano de la economía. Esa interpretación adjudica al trabajador una posición aparente, dentro de la cual el orden burgués está asegurado en sus principios fundamentales decisivos” […] “Ese es el motivo por el cual tiene tanta importancia para el trabajador el que rechace todas las explicaciones que pretenden interpretar su aparición como un fenómeno económico, más aún, como un producto de procesos económicos, y, por tanto, en el fondo, como una especie de producto industrial; ése es el motivo por el cual tiene tanta importancia para el trabajador el que cale la procedencia burguesa de tales explicaciones.” […] Esa interpretación adjudica al trabajador una posición aparente, dentro de la cual el orden burgués está asegurado en sus principios fundamentales decisivos. En consecuencia, todos los ataques emprendidos desde tal posición no pueden ser sino ataques aparentes, que a lo único que llevan es a que queden acuñadas con mayor nitidez todavía las valoraciones burguesas. En lo teórico todos los movimientos se efectúan en el marco de una anticuada teoría de la sociedad y de la humanidad, pero en lo práctico lo que esos movimientos hacen es otorgar el dominio al personaje del comerciante habilidoso, cuyas artes consisten en saber negociar y mediar. Fácil resulta comprobar lo dicho examinando los resultados obtenidos por los movimientos de los trabajadores.” El trabajador, Ernst Jünger, Editorial Tustquest.

 

[7] El término no es nuestro, sino de Giles Deleuze y Félix Guattari, en Capitalismo y esquizofrenia.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>